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Periodismo escatológico

abril 26, 2010

Hay personajillos que campan por sus columnas como el sapo de dermis mucosa lo hace en su charca, con la seguridad de que es su territorio.

Hay columnistas que se mueven en su rescoldo diario como el rodríguez en verano, que sabiéndose dueño de su casa camina por el pasillo rascándose sin pudor por delante y por detrás. 

Hay columnistas a sueldo que excretan  en su letrina pública y a la vez se exoneran ellos mismos del hedor que dejan echando la culpa al otro.

Hay columnistas, que emulando al pinche de El Bulli, deconstruyen las heces y las convierten en frases: distinta forma pero la misma materia.

Hay columnistas que amanecen depositando el meconio en el plumín y anochecen deponiendo en una cuartilla lo que dan de sí.

Hay columnistas que padecen de encopresis mental y van dejando su rastro fétido tan personal.

Hay columnistas que tienen la suerte de que ni su padre ni su madre forman parte de ese millón de enfermos de Alzheimer que hay en España. Y aunque lo fueran, encontrarían alguna boliviana o ecuatoriana que les cambira el pañal y les dejara bien lustrosos para recibir a las visitas.

Hay columnistas, que conjugan el tipo de querubín de sacristía con el de onanista compulsivo y hacen de la enfermedad del otro motivo de chanza y burla.

 Y hay periódicos, venidos a menos o incluso a nada, que en su día, con el estómago bien agradecido a la dictadura, fueron el ABC del periodismo y hoy dan cobijo a abyectos y mezquinos juntaletras.

 Hay pendejos vomitivos como el de la foto que son capaces de escribir cosas como esta:

 La asistencia de un Pasqual Maragall enfermo de Alzheimer al aquelarre de la Complutense es una alegoría que Quevedo no hubiese dejado escapar, para explicar satíricamente en qué consiste la «memoria histórica». Si Funes el memorioso, el personaje de Borges, hubiese asistido al aquelarre de la Complutense habría salido de allí con la impresión de que su implacable memoria era «como un vaciadero de basuras»; algo de lo que no tendrá que preocuparse Maragall, quien tal vez a la conclusión del aquelarre ya no recordase las palabras de Villarejo, ni siquiera si el tal Villarejo era jurista o vendedor de crecepelos

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8 comentarios

  1. Lamento caer en el tópico pero el tiempo va poniendo a cada uno en su sitio. Al columnista en el periódico y al periodista a la derecha del padre, pero bastante a la derecha.
    Me pregunto si la cultura y la erudición no son en ocasiones el disfraz del lobo para comerse a Caperucita sin guardar las formas, esas formas que tanto cuida hasta la cursilería.
    Bravo por tu valentía bloguero! Con sujetos de este pelaje no sirven las tibiezas. Hay quien se cree con patente de corso para decir las mayores barbaridades propias de quien de forma imperceptible y de soslayo proclama a gritos su insensibilidad.


    • Pues Alfredo, siento disentir. En este país no sabemos poner a cada uno en su sitio y prueba de ello es que partidos fascistas como Falange puedan sentar en el banquillo a quien intenta aclarar sus crímenes. Los dictadores mueren en la cama y los imputados por corrupción entran y salen de parlamentos y asambleas sin pudor. Este país no sabe poner a cada uno en su sitio. No señor.

      Un abrazo,


  2. Vale este comentario esta muy en tu linea, me gusta


  3. Dedicado a un ser que, habiéndose roto el cerebelo para relacionar a Quevedo y a Borges en unas pocas frases, sabrá apreciar a un Moratín que vivió entre ellos:

    “Pedancio, a los botarates
    que te ayudan en tus obras,
    ni los mimes ni los trates;
    tú te bastas y te sobras
    para escribir disparates”


  4. No tengo palabras para describir el sentiemiento de pena que puede llegar a suscitar, una persona que utiliza una enfermedad tan seria para desacreditar a otra.

    Añado que, como casi siempre, el que resulta desacreditado es quien critica y no el criticado.



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