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A la buchaca

septiembre 20, 2010

Pablo tiene 10 años. Es hijo único y vive con sus padres en un pequeño pueblo de la provincia de Granada. Es un niño más cuya vida gira en torno al colegio y los amigos.

Su padre, Rafael, es agricultor y su familia ara la misma tierra desde hace cuatro generaciones. Cosecha una amplia gama de frutas que son compradas al por mayor por una cooperativa local en régimen de monopolio.

Rafael no quiere que su hijo le ayude en el campo. Quiere que se centre en sus estudios porque se da cuenta de que cada vez su trabajo es más ingrato: más esfuerzo por menos beneficio.

Pablo lleva un tiempo pidiéndole a su padre que le compre una Playstation. Pero el padre se niega. Cree que es mucho dinero y que además le distraerá de sus estudios. En este sentido, el padre se muestra firme y se justifica diciendo que no le sobra y que prefiere invertir ese dinero en su formacion.

Pablo, a su edad, no termina de entender que no haya dinero para su consola con todo el género que ve encajar al padre.

Un día Pablo coincidió con su padre mientras el camión de la cooperativa se llevaba varios cientos de sandías para darle salida en el mercado. Aburrido, por entretenerse, cogió un rotulador y pintó en una de las sandías un garabato de un muñeco: un círculo que era la cabeza, unos puntos para los ojos y líneas alambreadas para tronco y extremidades. Y ahí quedó.

El fin de semana llegó y como hecho extraordinario fueron a Granada a pasar el día y a hacer unas compras. Entraron en un centro comercial y al pasar por la zona de frutería Pablo, como aquel niño que encontró su soldadito de plomo en el vientre de un pez, pasó por delante de una sandía rubricada y en seguida la reconoció. Sí, era su garabato y su sandía.

La emoción y la importancia que se autoaplicó al verse ungido por el azar no le impidieron ver que la sandía costaba casi 5 euros.

Pablo se enfadó mucho. De camino a casa en el coche no quiso hablar y por más que sus padres insistían en saber qué le ocurría, él no soltaba prenda. Estuvo varios días enfadado y con la sensación de que su padre le había fallado. Le había mentido cuando se quejaba de la falta de dinero.

Pablo estaba convencido de que si cada sandía se vendía a 5 euros su padre con cada partida debía ganar un dineral y no quería comprarle su Playstation.

Lo que Pablo no sabía y tardó varios años en descubrir es que su padre por aquella sandia no recibió más de 36 céntimos.

¿El resto hasta los 4’80 euros que costaba en el hipermercado? Gastos, sólo gastos.

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2 comentarios

  1. Soy nieta de campesino, trabajador de la Vega Baja del Segura. Mi madre visitaba al “tata” todas las tardes un ratito. Yo le acompañaba instalada en el cestillo de su bicicleta. Mi madre llevaba la merienda que compartía con su padre, yo tomaba teta, y las tres generaciones disfrutábamos de la primavera del 65, bajo una morera que escoltaba la vía del tren, frente al umbral de la casa de aperos.

    Desde el momento en que compraba las semillas, la escasa formación que tenía mi abuelo le daba, no obstante, para hacer sus cálculos, raro sistema de multiplicación, y el cuento de la lechera se reproducía en sus carnes.

    No era Pablo, era Pepe “el camposino”, y su rabia venía de las entrañas, pues los hígados se había dejado en conseguir los frutos de la tierra.
    Cuando los fardos de hierba que vendía a los coveros -que criaban conejos- estaban apilados ordenadamente, venían estos y, dando una patada con mala gana a los atados, decían:
    – ¿Y qué quieres por “esto”?

    El más honorable de los trabajos, el extractivo, siempre ha sido denostado -palabra y obra- por quienes, sin ejercerlo pero gracias a él, mantenían hacienda, negocio y ocio.

    Nada cambia, nadie piensa, nadie actúa, nada ocurre.
    Sí; los trabajadores de la naturaleza (vayan aquí campo, mar y mina) son cada vez menos, se extinguen. El medio les es hostil.

    Habrá que reconvertir a community hunters,developer coachers, social trainers, cool managers, interactive designers y demás parroquianos, que de esos hay para parar un trend.


    • Con retraso, pero muchas gracias por tu comentario.

      Creo que refleja muy bien la realidad del sector de la agricultura. La patada que le daban a los sacos de tu abuelo la siguen dando hoy de manera simbólica a los minifundistas que sobreviven del campo.

      Gracias por contestar y por estar ahí, siempre tan cerca.

      Besos.



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