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Pulpo es un animal de compañia

agosto 2, 2010

Cuando yo era pequeño, en el colegio, había una escena recurrente en que a mitad de un partido de fútbol el dueño del balón, insatisfecho con el resultado, cogía la pelota y bramaba: “Pues como el balón es mío ahora no jugáis y me voy a casa”.

España es un país administrativamente complejo. La Organización General del Estado se articula en torno a Parlamentos, Cámaras, Asambleas, Tribunales, Juntas, etc. que pugnan por su supremacía. Muchos jugadores para pocos balones.

La politización de la Organización del Estado da lugar a situaciones paradójicas, donde se resta valor a unos ciudadanos en beneficio de otros.

Por ejemplo, el nuevo Estatuto de Cataluña fue aprobado legítimamente por su parlamento autonómico, respaldado en referendum por los ciudadanos  y sancionado en el parlamento nacional por los representantes del pueblo soberano. Pero hete aquí, que como a una facción política (que había perdido ambas votaciones) no le gustó el resultado recogió el balón y se lo llevó a un Tribunal Constitucional trasnochado en esencia y caduco en su membresía pero afín en la ideología. Y resultó que lo decidido por esos próceres de tantos millones de ciudadanos no tenía valor.

Los ejemplos son continuos. José María Aznar se negó a hablar y recibir al Jefe del Gobierno Vasco en su segunda legislatura. A pesar de representar también a otros tantos millones de ciudadanos, también soberanos. Eso sí, en la primera legislatura (“dulce derrota, amarga victoria”) se encamó sin pudor con vascos y catalanes pues necesitaba su apoyo parlamentario.

El Senado, por ejemplo, es una institución ya no innecesaria, sino cómica. Las iniciativas legislativas que se aprueban en las Cortes deben ser refrendadas en el Senado. Pero, ¿y si este, de mayoría conservadora, rechaza la iniciativa? No pasa nada. Vuelve a las Cortes y allí se reafirma. En el camino 264 senadores con despacho, secretaria, escolta y coche oficial engrosan los Presupuestos Generales del Estado.

El último dislate democrático ha venido con la prohibición de la ¿Fiesta? de los toros en Cataluña. Aprobada la moción por mayoría y ante la displicencia de una de las dos Españas de Machado, ya se ha puesto en marcha el engranaje necesario para ganar en Madrid lo que se pierde allende del Ebro.

Pero usted como votante no se sienta mal, porque cuando se encuentren solos con su balón golpeando una pared, le echarán de menos y volverán con la cabeza gacha y un sugerente “¿Hace un partidito?”.