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Cuando el nido se vacía

mayo 24, 2010

 

Cuenta una leyenda que una vez un hombre caminaba por el desierto y se encontró un trozo de un espejo roto. Ese hombre jamás en su vida había tenido la oportunidad de mirarse en uno y conocer su rostro. Recogió del suelo el trozo de espejo, lo puso ante sus ojos y lo arrojó a lo lejos mientras gritaba: “¡Qué feo! No me extraña que te haya tirado tu dueño”.

El gran Ramón Lobo escribía el otro día que la última relación de pareja se sustenta sobre la compañía. Ver pasar el tiempo que resta al lado de alguien a quien poder contárselo.

Paradójicamente, el momento cumbre de la compañía mutua, que suele llegar en la década de los 50 años, muchas veces se transforma en la mayor crisis matrimonial, que no es sino una crisis existencial.

Cuando el último vástago abandona la madriguera las habitaciones se convierten en estancias palaciegas, grandes y frías. Las cenas son televisión y el sonido acompasado del deglutir. Las noches son de las frustraciones encontradas. Las mañanas no existen, porque ellos dos son huéspedes en su propia casa. Y en el ambiente amargo de la decepción aletea un colibrí cuyas alas les recuerdan que “esto es lo que hay”.

Cuando el nido se vacía se convierte en ratonera. Y entonces descubren que durante todos estos años han vivido por y para sus hijos y que la persona que se acostaba a su lado todas las noches era un extraño.

Y hoy, solos los dos, cara a cara, sin más trinos que la televisión y el deglutir de la cena investigan dónde se equivocaron, cuántos trenes han dejado pasar e intentan empezar a aceptar que esto es lo que hay.

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La vida desde el borde

marzo 1, 2010

 

 

La soledad y la tristeza siempre caminan juntas, de la mano.

 

La soledad y la tristeza con frecuencia invitan a la vejez a un paseo desconsolado de espacios diáfanos limitados por muros gélidos y árboles desnudos de vida.

 

La vejez se sienta en el borde de un banco de piedra para no molestar.

 

Se encoje sobre sí misma como intentando retener lo poco que queda y que no se escape con un mal golpe de viento.

 

La vejez es la factura que nos pasa la vida cuando hemos dado buena cuenta del menú. Es el “qué se debe”.

 

Son sombras alargadas en pisos escarpados. Son huellas ignoradas que con la caída del sol desaparecerán. Son pasos que se arrastran. Surcos abisales que horadan la piel por las afrentas ganadas, por las guerras perdidas y, como decía Pessoa, por las batallas que se han evitado.

 

La vejez es fría aunque brille el sol como nunca lo ha hecho.

 

Es desconcierto, extrañeza, desconfianza. No saber dónde estás pero sí adónde vas aunque desconoces cómo.

 

La vejez es esperar, esperar, esperar. No hay reloj. Sólo se expira vida. Hasta el último hálito. El vaho es la existencia.

 

La vejez es una demostración de poder de la vida. No sea que se nos olvide quién manda aquí.

 

Maldita soledad. Maldita tristeza. Maldita vejez. ¡Cuánta crueldad cuando ya está todo dado!

 

 

P.D.: La foto es de una gran artista: Sira Blázquez, cuya excelsa obra se puede visitar en http://www.fotosarte.net/fotografo/artesiver.html