Posts Tagged ‘fascismo’

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Las madres, siempre las madres

agosto 23, 2010

 

 

 

La Guerra in-Civil trae a la palestra historias terribles de dolor y amargura. Leo con pasión la biografía del poeta dado en llamarse Marcos Ana en honor a sus padres y que estuvo preso 23 años en las cárceles franquistas.

 

Descubro una sobrecogedora historia que tiene a una madre como protagonista.

 

Por favor, no veáis aquí una apología de los vencidos o de la República. Esto no es más que un homenaje a una madre independientemente del color que vista.

 

Os la dejo tal y como la cuenta R. Pérez Barredo Burgos en http://mjsaiza.blogspot.com/.

 

“Ana Faucha no tenía a nadie más en su vida que a ese vástago, del que no sabemos ni el nombre.
Así que, angustiada, temiendo no volver a verle puesto que la muerte rondaba de cuneta en cuneta, de alcor en alcor, de penal en penal, emprendió viaje. Era pobre, por lo que no pudo pagar ni un pasaje de tercera. Durante semanas, quizás meses, esta madre totémica y arrojada recorrió el camino a pie, mendigando de pueblo en pueblo, alimentándose con lo justo, tal vez un mendrugo duro de pan, y guardando en un hatillo lo de mayor calidad -comida enlatada, sartas de algún embutido- para entregárselo al hijo cuando se encontrara con él.


He evocado a Ana vestida de negro, nervuda como un sarmiento, oculto su cabello gris con un pañuelo, calzada con raídas alpargatas, veinte, quizás treinta kilómetros, por caminos polvorientos, por parajes agrestes e inhóspitos. A veces, para no perderse, cubría las distancias diarias junto a los paralelos raíles del ferrocarril. ¿Ven a esa mujer andar con la cabeza gacha junto a las vías del tren, lentamente pero con inquebrantable determinación? ¿La ven atravesar campos de trigo? ¿La ven pedir en los pueblos sin fuerzas siquiera para hablar, sin aliento apenas? ¿La ven dormir recogida en un gurruño, a la intemperie, como un mendigo harapiento que esperara el alba o la muerte? ¿La sienten tiritar de frío allí acurrucada? ¿Imaginan sus pies negros, zaheridos? Ana llegó a Valdenoceda. Exhausta.


La veo allí, quieta en el alto de la Mazorra, con nieve hasta las rodillas, contemplando el pueblo abajo -el orgulloso torreón de los Condestables de Castilla, las adustas casitas castellanas, los álamos del río, el siniestro perfil del edificio en el que estaba encerrado su hijo-. Se pueden oír desde aquí los latidos de su alborozado corazón. ¿Se lo imaginan, después de la odisea
de esa madre coraje que, tras padecer un infierno, cree tocar el cielo? Su hijo está allí. ¿Se le haría casi tan largo el descenso del puerto como todo el viaje? ¿Le asaltarían negros pensamientos sobre la posibilidad de haber llegado demasiado tarde, de que le hubiese sido vedada la última visión, el postrero abrazo?


Ana cruzó temblorosa el umbral de la cárcel. Tras la ventanilla del vestíbulo un funcionario fumaba. La mujer se acercó y preguntó por su hijo. El hombre consultó un fichero y le espetó que el preso que buscaba estaba aislado en una celda de castigo. ¡Cuesta tan poco sentir cómo se arrugó el corazón de la madre! Quiso saber si podía, al menos, hablar con él, aunque fuese a través de un muro; si al menos le harían llegar el paquete que traía para él. E incluso contó, ingenua, su periplo. Pero los guardianes de la cárcel se negaron nuevamente.

 

Durante al menos una semana, cada día, Ana se acercaba al penal y aguardaba allí hasta que caía la noche y cerraban las puertas. Todos los días esperó en vano. Llegó a gritar, como enloquecida, y a golpear los altos muros que la separaban de su hijo. Una mañana, junto a un camino cercano a los muros del penal, casi cubierto por la nieve, un vecino de Valdenoceda encontró su cuerpo yerto, quebrado por el dolor y el agotamiento. Estaba abrazada al paquete que siempre llevaba consigo y que esperaba haber hecho llegar a su hijo. 

 

 Ana se había muerto como un pajarillo sin verle por última vez. Sucedió en algún momento entre
1936 y 1943.”

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Periodismo escatológico

abril 26, 2010

Hay personajillos que campan por sus columnas como el sapo de dermis mucosa lo hace en su charca, con la seguridad de que es su territorio.

Hay columnistas que se mueven en su rescoldo diario como el rodríguez en verano, que sabiéndose dueño de su casa camina por el pasillo rascándose sin pudor por delante y por detrás. 

Hay columnistas a sueldo que excretan  en su letrina pública y a la vez se exoneran ellos mismos del hedor que dejan echando la culpa al otro.

Hay columnistas, que emulando al pinche de El Bulli, deconstruyen las heces y las convierten en frases: distinta forma pero la misma materia.

Hay columnistas que amanecen depositando el meconio en el plumín y anochecen deponiendo en una cuartilla lo que dan de sí.

Hay columnistas que padecen de encopresis mental y van dejando su rastro fétido tan personal.

Hay columnistas que tienen la suerte de que ni su padre ni su madre forman parte de ese millón de enfermos de Alzheimer que hay en España. Y aunque lo fueran, encontrarían alguna boliviana o ecuatoriana que les cambira el pañal y les dejara bien lustrosos para recibir a las visitas.

Hay columnistas, que conjugan el tipo de querubín de sacristía con el de onanista compulsivo y hacen de la enfermedad del otro motivo de chanza y burla.

 Y hay periódicos, venidos a menos o incluso a nada, que en su día, con el estómago bien agradecido a la dictadura, fueron el ABC del periodismo y hoy dan cobijo a abyectos y mezquinos juntaletras.

 Hay pendejos vomitivos como el de la foto que son capaces de escribir cosas como esta:

 La asistencia de un Pasqual Maragall enfermo de Alzheimer al aquelarre de la Complutense es una alegoría que Quevedo no hubiese dejado escapar, para explicar satíricamente en qué consiste la «memoria histórica». Si Funes el memorioso, el personaje de Borges, hubiese asistido al aquelarre de la Complutense habría salido de allí con la impresión de que su implacable memoria era «como un vaciadero de basuras»; algo de lo que no tendrá que preocuparse Maragall, quien tal vez a la conclusión del aquelarre ya no recordase las palabras de Villarejo, ni siquiera si el tal Villarejo era jurista o vendedor de crecepelos

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Esta España

diciembre 29, 2009

Queridos niños, hubo una vez un poeta llamado Antonio Machado que decía que había dos españas y una os helaría el corazón. Él lo pudo comprobar porque fue una de ellas la que le mató lejos de su tierra.

 “España, ¡qué país y qué paisanaje!” decía otro poeta que fue maestro de vuestro bisabuelo en la Universidad de Salamanca, Unamuno.

 Vosotros conocéis la bandera de España. Sabéis de sus colores rojo y amarillo y cuando hay un partido de fútbol importante os disfrazáis con ellos. Sin embargo, no siempre fue así.

 No hace mucho tiempo además tenía el color morado. Sí, eran tres colores, rojo, amarillo y morado. Pero alguien decidió eliminar el morado y volver al rojo de la sangre. Y así se mantuvo hasta hoy.

 La historia de España como país comienza en 1492 y desde entonces, algunos, los más peligrosos, los que provocaron esa guerra perversa, se empecinan en gritar alto y fuerte que España además de grande y libre es sólo una y negar hasta incluso las dos que decía aquel poeta.

 Pero hijos míos, eso no es cierto. Hay muchas españas. Desde hace más de 3.000 años podemos hablar de este país y durante ese tiempo, por aquí han pasado muchas civilizaciones que han ido dejando su impronta en diferentes lugares de España. Por eso en unas zonas se habla o se come de una manera y en otras la gente es completamente distinta.

 Con el tiempo aprenderéis que una cosa es el país, otra la nación, otra el estado, otra el gobierno y otra la patria. Y no siempre coinciden.

 Sentíos orgullosos de ser españoles si así lo queréis, pero respetad siempre a quien no tiene ese sentimiento. Y sobre todo, diferenciad que una cosa es ser español porque lo dice el DNI y otra porque lo dice tu corazón. Y no todos tenemos en el corazón el rojo, el amarillo y el rojo.

 Y si no podéis hacer nada para que España sea realmente una, sí podéis hacerlo para que sea grande y libre. La grandeza le llegará desde la dignidad y el respeto a su pueblo, no desde la guerra. La libertad la construiréis con vuestras manos.

P.D.: Otro gran poeta (como veis la poesía y la patria siempre han ido muy unidas a la hora de cantarla, no de defenderla) que se llamaba Neruda (tuvo que exiliarse de su patria como Machado) dijo: “Patria, que palabra más triste, como termómetro o ascensor”. Cuando seáis mayores entenderéis que las tres tienen el mismo valor.