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Sobre pulpos y otras deidades

julio 19, 2010

Cuentan que en tiempos de sequía, hace ya unos años, en una población burgalesa el pueblo en masa acudió a la iglesia para pedir al cura que sacara al santo en procesión para que con su intermediación lloviera. El cura se asomó a la escalinata de la iglesia, miró hacia el cielo y dijo: “yo si queréis lo saco. Pero no está el cielo como para llover”.

La superstición y la religión son todo uno. Un país como España que durante 40 años fue la Reserva Espiritual de Occidente no puede negarle el pábulo a otras deidades paganas.

El 75% de los españoles se declara católico. Las fiestas de homenaje a santos, vírgenes y patronos engalanan las calles con guirnaldas y farolillos rojigualdas. Por su parte, la suprema, la de Semana Santa, no está entre las principales maravillas de la UNESCO porque faltaba un sello al presentar la candidatura.

Iniciativas democráticas como el aborto o el matrimonio homosexual se enconan con los preceptos básicos religiosos echando a la calle a miles de familias que pronostican el abocamiento al fin de la civilización.

La superstición es necesaria allí donde la habilidad de uno no llega. La encomienda a Dios para la sanación del pariente, el aprobado de la hija o el Premio Gordo constituye el último recurso del solícito creyente. Nadie asiduo a Bricomanía reza un Padrenuestro antes de empezar a componer un dispensador de kleenex, porque controla la situación.

De entre las imágenes más llamativas de este Mundial destaco las escenas de solemnidad mística. En los prolegómenos de cada partido resultaba curioso ver a los jugadores santiguándose con vehemencia y poniendo su éxito en las manos (o pies) de su particular becerro de oro. De toda esta escenificación, por otra parte nada nueva, me llamaba la atención cómo decidiría Dios a quién dar la victoria puesto que ambos se encomendaban a Él. Supongo que Dios ante la disyuntiva de no mostrar preferencia por ninguno de los dos y por mor de su ecuanimidad a la par que magnanimidad optaba porque ganara el que más goles metiera.

Una religión tan iconoclasta como la Católica a la que sólo le falta, al más puro estilo Ned Flanders, el álbum de cromos nos ha mostrado a Dios en una nueva forma, la de un pulpo.

¡Qué grande Paul y su desparpajo en la predicción de los ganadores! Un animal que por no tener no tiene ni tronco ha demostrado ser más fiable que muchos miembros permanentes del Santoral. Los momentos estelares de su actuación han copado todos los medios de comunicación retirando protagonismo a los otros “pulpos” de lo ajeno que moran en la costa levantina.

Poco más tiene que demostrar Paul. Es por ello, que reivindico una mayor consideración de la sociedad hacia los moluscos, empezando por la inclusión en el Código Penal del pulpo a feira y la construcción de una ciudad pulpística a la vera de la Catedral de la Almudena para deshonra, chanza, burla y mofa de otros adivinos de mitra, báculo y anillo pastoral.

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Hostias colectivas

junio 21, 2010

A la montaña rusa habría que rebautizarla como montaña nacional. Al descenso de cañones como descenso nacional. A los chuzos de punta como chuzos nacionales. Y a una buena hostia como un buen nacional.

Cuando escribo esto la selección española de fútbol, garante de los mejores augurios, (¿qué digo augurios? éxitos) acaba de perder su primer partido de un Mundial que está condenada a ganar.

Desde hace semanas, los medios de comunicación y el vulgo han hecho causa común por empezar a disfrutar un logro sin precedentes: ser campeona del mundo de fútbol.

Recuerdo el día del partido: las calles engalanadas como en las fiestas patronales, las caras pintadas con la enseña nacional, titulares de periódico con tamaños de letra que se escapaban por los márgenes y banderas, muchas banderas.

Era fácil. Como el chico que se presenta a un examen cuyas preguntas están en su poder desde días atrás. No puede fallar.

Estábamos tan seguros del éxito de la selección que todos sabemos lo que van a embolsarse si ganan el Mundial: 600.000 € cada uno. Pero, ¿y si quedan segundos? ¿Y cuartos? ¿Octavos? No se sabe. Seguro que ni lo han negociado. Esto está ganado. Una bagatela a cambio de hacer feliz a un pueblo hoy desahuciado por el FMI, Standard and Poors e Intereconomía.

España es un país de despropósitos. En repetidas ocasiones a lo largo de la historia hemos estado en lo más alto y hemos caído al hoyo en menos de lo que tarda nuestro Rey en irse de vacaciones a descansar.

Pero estos desengaños son peligrosos. Al igual que existe una conciencia colectiva, existe un estado de ánimo grupal, popular. Las caídas de este calibre hacen mella en la sociedad y tienen, sin duda, su efecto en todos los planos posibles, desde el más claro que es el orgullo patrio herido con el consiguiente honor mancillado hasta el económico o incluso el de la urbanidad (que no urbanismo).

Detrás de tamaña decepción se extiende una sensación de frustración que, como sociedad, deprime nuestro estado de ánimo y nos ubica, de nuevo, en la categoría de mortales. Cuando creíamos ser Hércules nos hemos vuelto a ver Mortadelo.

No está bien vender pieles de osos antes de la batida. Esto último y lo de que el saber no ocupa lugar, se aprende el mismo día. Pero peor está que los medios de comunicación, con la capacidad de influencia que tienen nos azucen a los ciudadanos y nos hagan creer que vestimos galas regias cuando el resto del mundo sabe que vamos desnudos.

Los romanos contaban con un aforismo que deberíamos colgar con chinchetas en el cabecero de la cama y leerlo cada mañana: Res non verba (hechos, no palabras).