Posts Tagged ‘guerra civil’

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El reconcomio de María

febrero 7, 2011

María es la hija de 12 años de mi buen amigo Rubén.

El otro día cenando en su casa María preguntó sobre qué es lo que estaba pasando en Egipto.

Mi espíritu de maestrillo me hizo tomar el mando de la conversación y comencé mi explicación con una pregunta:

– ¿Qué crees que está pasando? – Pregunté

– No sé. Por lo que veo en la tele que unos quieren que gobierne uno y otros que gobierne otro.

– Eso es.

– ¿Y por qué no hacen elecciones como aquí y el que gana gobierna? – Me preguntó María.

– Pues se han hecho, pero han sido un fraude. El recuento estaba amañado para que saliera el mismo siempre y había partidos que no les dejaban presentarse.

– Pero entonces eso es una dictadura como la de Cuba. ¿Y que dicen el resto de países? ¿Por qué no les castigan? – me preguntó desde su ansia de saber

– Al resto de países les interesa que gobierne el que está ahora porque así tienen controlada la zona, que es una zona muy conflictiva.

– Pero el resto de países han empezado dos guerras en Irak y Afganistán para que sean democracias y el pueblo decida por sí mismo.

– Lo llaman “democratizar”, pero en realidad se trata de poner un gobierno “títere”. Lo que buscan las potencias occidentales es tener el control de aquéllos países, sus regiones, sus recursos naturales y desconfían de la población. Entonces lo que hacen es financiar a algún gobernante para que se quede allí muchos años, haga lo que se le dice y no de problemas.

– Y el presidente de Egipto es un títere de esos. – Concluyó María.

– Efectivamente. Y el resto de países no hace nada y deja que se abuse de la autoridad y de la fuerza contra la población porque no quieren cambios.

– Pero esos abusos en sus propios países no los permitirían, ¿verdad?

– De manera tan explícita no, porque tienen unos organismos que trabajan y vigilan para que la democracia funcione. – Le expliqué.

– Y entonces, ¿qué va a pasar en Egipto?

– Pues que cambiarán a uno, pondrán a otro, una cara nueva, y todo seguirá igual excepto para las decenas de ciudadanos que se hayan dejado la vida en las protestas.

– ¿Y el que se va qué hará?

– Pues recogerá todo el dinero que pueda, que gran parte ya estará fuera del país y se irá a envejecer junto a su familia a algún rincón bien resguardado en uno de esos países democráticos.

– ¿Podría llegar a pasar aquí en España algo parecido? No sé, que la gente saliera a la calle a protestar y exigiera un gran cambio– Preguntó con inquietud María.

– Ojalá María, Ojalá. Pero soy pesimista y creo que ni siquiera tú que eres casi una niña lo verás nunca. Tenemos un estómago muy agradecido.

María volvió sobre su plato ya frío a terminar de cenar. Me quedé con la ilusión de haberle removido algo la conciencia.

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Las madres, siempre las madres

agosto 23, 2010

 

 

 

La Guerra in-Civil trae a la palestra historias terribles de dolor y amargura. Leo con pasión la biografía del poeta dado en llamarse Marcos Ana en honor a sus padres y que estuvo preso 23 años en las cárceles franquistas.

 

Descubro una sobrecogedora historia que tiene a una madre como protagonista.

 

Por favor, no veáis aquí una apología de los vencidos o de la República. Esto no es más que un homenaje a una madre independientemente del color que vista.

 

Os la dejo tal y como la cuenta R. Pérez Barredo Burgos en http://mjsaiza.blogspot.com/.

 

“Ana Faucha no tenía a nadie más en su vida que a ese vástago, del que no sabemos ni el nombre.
Así que, angustiada, temiendo no volver a verle puesto que la muerte rondaba de cuneta en cuneta, de alcor en alcor, de penal en penal, emprendió viaje. Era pobre, por lo que no pudo pagar ni un pasaje de tercera. Durante semanas, quizás meses, esta madre totémica y arrojada recorrió el camino a pie, mendigando de pueblo en pueblo, alimentándose con lo justo, tal vez un mendrugo duro de pan, y guardando en un hatillo lo de mayor calidad -comida enlatada, sartas de algún embutido- para entregárselo al hijo cuando se encontrara con él.


He evocado a Ana vestida de negro, nervuda como un sarmiento, oculto su cabello gris con un pañuelo, calzada con raídas alpargatas, veinte, quizás treinta kilómetros, por caminos polvorientos, por parajes agrestes e inhóspitos. A veces, para no perderse, cubría las distancias diarias junto a los paralelos raíles del ferrocarril. ¿Ven a esa mujer andar con la cabeza gacha junto a las vías del tren, lentamente pero con inquebrantable determinación? ¿La ven atravesar campos de trigo? ¿La ven pedir en los pueblos sin fuerzas siquiera para hablar, sin aliento apenas? ¿La ven dormir recogida en un gurruño, a la intemperie, como un mendigo harapiento que esperara el alba o la muerte? ¿La sienten tiritar de frío allí acurrucada? ¿Imaginan sus pies negros, zaheridos? Ana llegó a Valdenoceda. Exhausta.


La veo allí, quieta en el alto de la Mazorra, con nieve hasta las rodillas, contemplando el pueblo abajo -el orgulloso torreón de los Condestables de Castilla, las adustas casitas castellanas, los álamos del río, el siniestro perfil del edificio en el que estaba encerrado su hijo-. Se pueden oír desde aquí los latidos de su alborozado corazón. ¿Se lo imaginan, después de la odisea
de esa madre coraje que, tras padecer un infierno, cree tocar el cielo? Su hijo está allí. ¿Se le haría casi tan largo el descenso del puerto como todo el viaje? ¿Le asaltarían negros pensamientos sobre la posibilidad de haber llegado demasiado tarde, de que le hubiese sido vedada la última visión, el postrero abrazo?


Ana cruzó temblorosa el umbral de la cárcel. Tras la ventanilla del vestíbulo un funcionario fumaba. La mujer se acercó y preguntó por su hijo. El hombre consultó un fichero y le espetó que el preso que buscaba estaba aislado en una celda de castigo. ¡Cuesta tan poco sentir cómo se arrugó el corazón de la madre! Quiso saber si podía, al menos, hablar con él, aunque fuese a través de un muro; si al menos le harían llegar el paquete que traía para él. E incluso contó, ingenua, su periplo. Pero los guardianes de la cárcel se negaron nuevamente.

 

Durante al menos una semana, cada día, Ana se acercaba al penal y aguardaba allí hasta que caía la noche y cerraban las puertas. Todos los días esperó en vano. Llegó a gritar, como enloquecida, y a golpear los altos muros que la separaban de su hijo. Una mañana, junto a un camino cercano a los muros del penal, casi cubierto por la nieve, un vecino de Valdenoceda encontró su cuerpo yerto, quebrado por el dolor y el agotamiento. Estaba abrazada al paquete que siempre llevaba consigo y que esperaba haber hecho llegar a su hijo. 

 

 Ana se había muerto como un pajarillo sin verle por última vez. Sucedió en algún momento entre
1936 y 1943.”

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Héroes y villanos

febrero 22, 2010

Queridos hijos:

 Si os preguntara quién es el señor de la foto, lo primero que diríais es que es un abuelo. Y por la edad que tiene, 96 años, no sólo podría ser abuelo, sino hasta bisabuelo o incluso tatarabuelo.

 Si os contara que es un héroe os costaría creerme. Ahí sentado, barrigudo y seguro que con reuma y artrosis, si no algo peor.

 Se llama Sam Lesser y es inglés. Este hombre cuando sólo tenía 23 años decidió hacer por su cuenta lo que no se atrevió a hacer ningún país, defender la democracia y la libertad en España. Este hombre es un brigadista.

 En España ocurría una sangrienta Guerra Civil a causa del levantamiento en armas de la clase militar con el apoyo de las potencias fascistas alemana e italiana. Su país, Inglaterra, que si de algo ha pecado (y lo sigue haciendo) ha sido de sus constantes injerencias en terceros países, con enorme cinismo, se declaró neutral ante la barbarie que se avecinaba en España.

 Y tuvo que ser un grupo de jóvenes ingleses e irlandeses, en muchos casos engañando a sus padres, los primeros que decidieron venir a un país que desconocían y una lengua que no hablaban a defender una libertad que no era la suya.

 Sam es sólo un icono de los 60.000 hombres y mujeres valientes que llegaron a España. Entraban por Francia y en Figueres recibían un entrenamiento militar de una semana. Ellos no eran soldados. Eran estudiantes, artistas, escritores. Pero no tenían ninguna formación militar. De allí a Albacete y, en el caso de nuestro querido Sam a Madrid, a defender la Ciudad Universitaria.

Pero antes de llegar a la que era capital del Gobierno legítimo de la República, en el camino, cerca de Andújar, el “fuego amigo” de un batallón de brigadistas franceses le hirió gravemente. Un tiro en la pierna y otro en la espalda. Le dieron por muerto. Pero el pundonor y el demostrado altruismo de sus compañeros les animó a volver sobre sus pasos y rescatarle, salvándole la vida.

Una vez recuperado, ya en Madrid, en el Paraninfo, contaban con medios tan limitados que hacían barricadas con libros y se defendían con fusiles austriacos de 1870. Compartían ametralladoras de principios de siglo. Una para cada tres brigadistas. Y todo esto, insisto, en un país que no era el suyo.

 A Sam le tocó la Facultad de Filosofía y desde allí, entre tomos de Kant, Descartes o Santo Tomás de Aquino,  al grito de ¡NO PASARÁN!, trataba de que los golpistas no tomaran Madrid.

 En las primeras seis semanas, murieron 1.700 de los primeros 3.000 brigadistas que llegaron a España. Los compatriotas de Sam Lesser en Madrid pasaron de 36 a seis en pocos días. Otros tuvieron menos suerte, porque se enfrentaron a las aguerridas, a la par que sádicas, Columnas Marroquíes (o de la Muerte) en Badajoz o Sevilla siendo víctimas de auténticas carnicerías.

 Pero ellos permanecían en sus puestos creyéndose garantes de una libertad que desgraciadamente no llegó hasta más de 40 años después.

 Hoy, de aquellos 60.000 héroes sólo quedan 30 vivos. Posiblemente cuando leáis esto serán menos. Si alguien les intenta homenajear, ensalzar o glorificar, los funcionarios del averno, acólitos de aquél terror, piden que no se desentierre la Historia y se dejen las cosas como están. Y esto ocurre porque siempre mientras la víctima reclama justicia su verdugo pide olvidar.

 Decía Platón: “un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre”.

 Sam Lesser, estandarte de un ejército gallardo y magnánimo como nunca lo ha conocido la Historia, dejará pronto de existir, pero vaya con él y sus compañeros nuestro eterno agradecimiento y nuestra admiración.

 P.D.: En los últimos días, un juez que se atrevió a intentar rendir homenaje a las víctimas únicamente localizando sus restos para entregárselos a sus familias, se ha enfrentado a una caterva de mostrencos que se le han echado encima acusándole de prevaricador y pidiendo apartarle de la carrera judicial.