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Huelga decir…

julio 5, 2010

 

…que quitar a dos millones de personas su medio de transporte habitual es una putada.

El Derecho a la Huelga junto a la sindicalización del trabajo es uno de los mayores avances del siglo XX. Baste decir que fue en 1917 cuando el primer país, México, introdujo tal consideración en su constitución.

 Ningún trabajador desea hacer huelga, entre otras cosas porque son jornadas que dejan de ser remuneradas además del clima de confrontación que se crea.

 La huelga llega cuando todas las vías de discusión han fracasado y con ella el trabajador ofrece al patrón una muestra de lo imprescindible que es su colectivo para alcanzar los objetivos de la empresa, sean estos bienes o servicios.

La huelga la hace quien, además de no tener más salida, alcanza, merced a ella, una resonancia mediática y social significativa. De ahí, que sean los grandes colectivos asociados a servicios públicos los protagonistas de las huelgas con mayor pompa.

Las huelgas tienen dos escenarios, uno previo y paralelo que se da en los despachos y cuyo desarrollo no trasciende y un segundo que tiene lugar en la calle y es el más visible.

Del primer escenario, el de los despachos, solemos desconocer quién es el bueno y quién el malo, puesto que la información se distorsiona en cuanto se abre la puerta de la sala. Además, en conflictos laborales con la administración pública, ésta suele contar con sus medios de comunicación y voceros de estómago agradecido.

Del segundo escenario, el de la calle, tenemos claro que el malo es el que nos hace la puñeta privándonos de un servicio público.

La huelga, pues, tiene dos protagonistas: el patrón que lo ha intentado todo ante la intransigencia de su interlocutor y el huelguista cabrón que no quiere escuchar y que sólo quiere joderle la vida a los ciudadanos.

Lo que a veces desconocemos es que el patrón ha roto de manera unilateral un convenio (acuerdo vinculante donde los haya) y aplicado a su discreción unas medidas de ajuste que no tenían lugar en este caso.

Que además, los tan cacareados “servicios mínimos” los decide el patrón de acuerdo con la Ley de Huelga en vigor en España desde poco después de morir Franco.

Generalmente, esos servicios mínimos son abusivos y así lo suelen refrendar los tribunales de justicia. Eso sí, dos años después de que el conflicto termine.

No obstante, de cualquier huelga que ocupe la primera página de un periódico, lo que más llama la atención es como el ciudadano en general y el usuario del servicio en particular toman el testigo del patrón y convierten al huelguista en el pimpampum de su ira. Y llama la atención por la poca solidaridad que muestra el ciudadano con otro trabajador, al que ahora le ha tocado sufrir la ignominia del convenio roto cuando mañana le puede pasar a él.

Antes que ciudadanos somos trabajadores y tenemos la obligación moral de dedicar al menos 5 minutos a entender las razones de la huelga. Y si somos capaces de hacerlo puede que aceptemos mejor sufrir un atasco, esperar media hora por una autobús o pedirle a un compañero que nos lleve al trabajo.

P.D.: Como curiosidad cuento aquí que la primera huelga de la que se tiene constancia ocurrió en el año 1152 a.c. y se la hicieron a Ramses III los trabajadores de su Necrópolis Real.