Posts Tagged ‘injusticia’

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El mundo al revés

enero 24, 2011

Existe un fenómeno atmosférico que se denomina inversión térmica. Éste tiene lugar cuando la temperatura en el núcleo urbano es inferior a la de la periferia. Algo poco habitual pero que ocurre en noches frías y poco nubosas.

Últimamente, en la periferia española ocurre algo parecido, llamémoslo inversión social. Consiste en que sociedades históricamente subyugadas por potencias occidentales y dictadores abyectos dejan de mostrar resignación y se levantan ante el oprobio continuo con la determinación necesaria para hacer huir al sátrapa.

Paralelamente, en el núcleo, más contestatario al disponer de los mecanismos de queja que ofrece el Estado de Derecho, hacemos del conformismo el guión de nuestra actitud.

España se africaniza. Y no lo digo sólo por la desertización de la costa almeriense. España se niega a salir a la calle a gritar contra los abusos del poder político y económico como ocurría antaño en África, al sur y al norte del Níger.

Y mientras, no sin envidia, somos espectadores de la coreografía del “basta ya” en aquellos países antes dóciles y sumisos y hoy animosos y trabucaires.

Túnez, Argelia, Egipto, Sudán, son sólo el inicio del ejemplo a seguir.

¡Andaluces, extremeños, castellanos, murcianos, …!, daos la vuelta, dejad de mirar a Estrasburgo y mirad al sur. Allí está el faro que ha de guiaros para recuperar la dignidad perdida.

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¡Oa oa oa, mi jefe a la Moncloa!

enero 3, 2011

Existe un reclamo popular y habitual para poner al frente del país a empresarios que han demostrado su eficacia en la gestión de sus negocios: Emilio Botín, Amancio Ortega, Isidoro Álvarez, Florentino Pérez o hasta Ruiz Mateos en su día, eran animados a mudarse a la Moncloa.

Detrás de tamaña ilusión está la idea de que todos, por el simple hecho de ser españoles, somos accionistas de este país y más pronto que tarde, pondremos la mano para recibir suculentos dividendos.

Los bancos saben muy bien que si la corriente cambia los peces se van y añaden a la letra pequeña de ciertos productos la soflama de: “rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras”.

La principal (y casi exclusiva) obligación del prócer de una compañía privada es crear valor pecuniario. Ni siquiera generar empleo o desarrollo en su país. Dinero en forma de balances positivos. Cabe entender que al frente del país haría lo mismo.

El problema viene cuando las cosas no marchan y ante un conflicto laboral o un fleco deficitario se opta por la manu militari. Es decir, todos a tomar por culo. Veamos un ejemplo reciente que ratifica esta teoría. Por ejemplo, un magnate (no mangante, por Dios) como Paolo Vasile, consejero delegado de Telecinco.

En mayo de 2010, el embajador de Italia en España le entregó el Premio Grande Ufiziale de Italia. Esta distinción no era sino el reconocimiento a una labor empresarial plagada de éxitos y que había reportado pingües beneficios a accionistas y administradores de la primera cadena de televisión privada en España.

En un movimiento empresarial se hace con el control de varios medios de comunicación, como la extinta CNN+. Analiza su statu quo y qué ve: ¿una plantilla de trabajadores abnegados? ¿Un medio de comunicación objetivo y de calidad? ¿Una alternativa a otros canales de ideología extrema? ¿14 años de emisión 24 horas al día? ¿Debates edificantes moderados por periodistas consagrados? ¿Pedagogía? ¿Buen gusto?

¡UNA MIERDA!

Lo único que encuentra son 40 millones de euros de pérdidas en cinco años. ¿La solución? A la puta calle todos: Trabajadores y audiencia. ¿La alternativa? La misma mierda  que sirve de abono a la decisión empresarial: necedad para el vulgo ad nauseam.

Pues bien, si este señor llegara a ser presidente del gobierno tenga bien seguro que se acabaría la sanidad gratuita
para los débiles que enferman, las pensiones de los abuelos improductivos, los subsidios de los parados que empresas como la suya habrán despedido o la educación gratuita para aquellos que nacen con el estigma de que nunca llegarán a ser nada.

Eso sí, como ocurre tan a menudo, la adaptación inversa sería muy fácil, y una vez abandonado el poder no le faltarían ofertas de grupos empresariales para calentar oportunamente su sillón de consejero, sea como delegado o no.

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Presunción de culpabilidad

noviembre 29, 2010

A Miguel le fue a buscar la policía a su lugar de trabajo un lunes al mediodía. Recuerda cómo le conmocionó ver en la recepción de su compañía a cuatro policías que le solicitaban que se identificara.

Una vez hecho esto le informaron de que estaba detenido porque su mujer le había denunciado por una agresión.

De nada le sirvió jurar y perjurar que eso era falso. Debían ponerle a disposición judicial.

Cuando uno de los policías desenganchó sus esposas del cinto, Miguel suplicó que en su empresa no, que por favor le dejaran salir sin esposar. El policía aceptó.

Las siguientes horas de Miguel fueron indescriptibles en un hombre que lo más cerca que estuvo de la cárcel fue cuando hizo aquel cambio de sentido irregular en la calle Doctor Esquerdo.

Miguel pasó 20 horas en un calabozo lúgubre y después de aquello, esta vez sí esposado, le llevaron a declarar ante el juez.

Su mujer le había denunciado con el pretexto de que la había agarrado del brazo en una discusión. No había parte de lesiones, no había testigos, no había pruebas, no había nada. Sólo la declaración de ella.

Inicialmente, el juez le puso en libertad a la espera del procedimiento penal según la Ley de Violencia de Género. Le prohibieron volver a su casa y ver a sus hijos, porque por “razones cautelares” le acababan de retirar su custodia.

Dos meses después tuvo lugar el juicio. Salió absuelto por falta de pruebas. Paralelamente, ella consiguió en su divorcio unas condiciones sumamente satisfactorias, porque separarse de un supuesto maltratador te otorga mucho poder.

La vida de Miguel cambió, su estabilidad emocional se resintió y el Derecho Universal a la Presunción de Inocencia se constituyó en la anomia que se dio en llamar “Medidas cautelares”.

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A la buchaca

septiembre 20, 2010

Pablo tiene 10 años. Es hijo único y vive con sus padres en un pequeño pueblo de la provincia de Granada. Es un niño más cuya vida gira en torno al colegio y los amigos.

Su padre, Rafael, es agricultor y su familia ara la misma tierra desde hace cuatro generaciones. Cosecha una amplia gama de frutas que son compradas al por mayor por una cooperativa local en régimen de monopolio.

Rafael no quiere que su hijo le ayude en el campo. Quiere que se centre en sus estudios porque se da cuenta de que cada vez su trabajo es más ingrato: más esfuerzo por menos beneficio.

Pablo lleva un tiempo pidiéndole a su padre que le compre una Playstation. Pero el padre se niega. Cree que es mucho dinero y que además le distraerá de sus estudios. En este sentido, el padre se muestra firme y se justifica diciendo que no le sobra y que prefiere invertir ese dinero en su formacion.

Pablo, a su edad, no termina de entender que no haya dinero para su consola con todo el género que ve encajar al padre.

Un día Pablo coincidió con su padre mientras el camión de la cooperativa se llevaba varios cientos de sandías para darle salida en el mercado. Aburrido, por entretenerse, cogió un rotulador y pintó en una de las sandías un garabato de un muñeco: un círculo que era la cabeza, unos puntos para los ojos y líneas alambreadas para tronco y extremidades. Y ahí quedó.

El fin de semana llegó y como hecho extraordinario fueron a Granada a pasar el día y a hacer unas compras. Entraron en un centro comercial y al pasar por la zona de frutería Pablo, como aquel niño que encontró su soldadito de plomo en el vientre de un pez, pasó por delante de una sandía rubricada y en seguida la reconoció. Sí, era su garabato y su sandía.

La emoción y la importancia que se autoaplicó al verse ungido por el azar no le impidieron ver que la sandía costaba casi 5 euros.

Pablo se enfadó mucho. De camino a casa en el coche no quiso hablar y por más que sus padres insistían en saber qué le ocurría, él no soltaba prenda. Estuvo varios días enfadado y con la sensación de que su padre le había fallado. Le había mentido cuando se quejaba de la falta de dinero.

Pablo estaba convencido de que si cada sandía se vendía a 5 euros su padre con cada partida debía ganar un dineral y no quería comprarle su Playstation.

Lo que Pablo no sabía y tardó varios años en descubrir es que su padre por aquella sandia no recibió más de 36 céntimos.

¿El resto hasta los 4’80 euros que costaba en el hipermercado? Gastos, sólo gastos.

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Las madres, siempre las madres

agosto 23, 2010

 

 

 

La Guerra in-Civil trae a la palestra historias terribles de dolor y amargura. Leo con pasión la biografía del poeta dado en llamarse Marcos Ana en honor a sus padres y que estuvo preso 23 años en las cárceles franquistas.

 

Descubro una sobrecogedora historia que tiene a una madre como protagonista.

 

Por favor, no veáis aquí una apología de los vencidos o de la República. Esto no es más que un homenaje a una madre independientemente del color que vista.

 

Os la dejo tal y como la cuenta R. Pérez Barredo Burgos en http://mjsaiza.blogspot.com/.

 

“Ana Faucha no tenía a nadie más en su vida que a ese vástago, del que no sabemos ni el nombre.
Así que, angustiada, temiendo no volver a verle puesto que la muerte rondaba de cuneta en cuneta, de alcor en alcor, de penal en penal, emprendió viaje. Era pobre, por lo que no pudo pagar ni un pasaje de tercera. Durante semanas, quizás meses, esta madre totémica y arrojada recorrió el camino a pie, mendigando de pueblo en pueblo, alimentándose con lo justo, tal vez un mendrugo duro de pan, y guardando en un hatillo lo de mayor calidad -comida enlatada, sartas de algún embutido- para entregárselo al hijo cuando se encontrara con él.


He evocado a Ana vestida de negro, nervuda como un sarmiento, oculto su cabello gris con un pañuelo, calzada con raídas alpargatas, veinte, quizás treinta kilómetros, por caminos polvorientos, por parajes agrestes e inhóspitos. A veces, para no perderse, cubría las distancias diarias junto a los paralelos raíles del ferrocarril. ¿Ven a esa mujer andar con la cabeza gacha junto a las vías del tren, lentamente pero con inquebrantable determinación? ¿La ven atravesar campos de trigo? ¿La ven pedir en los pueblos sin fuerzas siquiera para hablar, sin aliento apenas? ¿La ven dormir recogida en un gurruño, a la intemperie, como un mendigo harapiento que esperara el alba o la muerte? ¿La sienten tiritar de frío allí acurrucada? ¿Imaginan sus pies negros, zaheridos? Ana llegó a Valdenoceda. Exhausta.


La veo allí, quieta en el alto de la Mazorra, con nieve hasta las rodillas, contemplando el pueblo abajo -el orgulloso torreón de los Condestables de Castilla, las adustas casitas castellanas, los álamos del río, el siniestro perfil del edificio en el que estaba encerrado su hijo-. Se pueden oír desde aquí los latidos de su alborozado corazón. ¿Se lo imaginan, después de la odisea
de esa madre coraje que, tras padecer un infierno, cree tocar el cielo? Su hijo está allí. ¿Se le haría casi tan largo el descenso del puerto como todo el viaje? ¿Le asaltarían negros pensamientos sobre la posibilidad de haber llegado demasiado tarde, de que le hubiese sido vedada la última visión, el postrero abrazo?


Ana cruzó temblorosa el umbral de la cárcel. Tras la ventanilla del vestíbulo un funcionario fumaba. La mujer se acercó y preguntó por su hijo. El hombre consultó un fichero y le espetó que el preso que buscaba estaba aislado en una celda de castigo. ¡Cuesta tan poco sentir cómo se arrugó el corazón de la madre! Quiso saber si podía, al menos, hablar con él, aunque fuese a través de un muro; si al menos le harían llegar el paquete que traía para él. E incluso contó, ingenua, su periplo. Pero los guardianes de la cárcel se negaron nuevamente.

 

Durante al menos una semana, cada día, Ana se acercaba al penal y aguardaba allí hasta que caía la noche y cerraban las puertas. Todos los días esperó en vano. Llegó a gritar, como enloquecida, y a golpear los altos muros que la separaban de su hijo. Una mañana, junto a un camino cercano a los muros del penal, casi cubierto por la nieve, un vecino de Valdenoceda encontró su cuerpo yerto, quebrado por el dolor y el agotamiento. Estaba abrazada al paquete que siempre llevaba consigo y que esperaba haber hecho llegar a su hijo. 

 

 Ana se había muerto como un pajarillo sin verle por última vez. Sucedió en algún momento entre
1936 y 1943.”

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Pulpo es un animal de compañia

agosto 2, 2010

Cuando yo era pequeño, en el colegio, había una escena recurrente en que a mitad de un partido de fútbol el dueño del balón, insatisfecho con el resultado, cogía la pelota y bramaba: “Pues como el balón es mío ahora no jugáis y me voy a casa”.

España es un país administrativamente complejo. La Organización General del Estado se articula en torno a Parlamentos, Cámaras, Asambleas, Tribunales, Juntas, etc. que pugnan por su supremacía. Muchos jugadores para pocos balones.

La politización de la Organización del Estado da lugar a situaciones paradójicas, donde se resta valor a unos ciudadanos en beneficio de otros.

Por ejemplo, el nuevo Estatuto de Cataluña fue aprobado legítimamente por su parlamento autonómico, respaldado en referendum por los ciudadanos  y sancionado en el parlamento nacional por los representantes del pueblo soberano. Pero hete aquí, que como a una facción política (que había perdido ambas votaciones) no le gustó el resultado recogió el balón y se lo llevó a un Tribunal Constitucional trasnochado en esencia y caduco en su membresía pero afín en la ideología. Y resultó que lo decidido por esos próceres de tantos millones de ciudadanos no tenía valor.

Los ejemplos son continuos. José María Aznar se negó a hablar y recibir al Jefe del Gobierno Vasco en su segunda legislatura. A pesar de representar también a otros tantos millones de ciudadanos, también soberanos. Eso sí, en la primera legislatura (“dulce derrota, amarga victoria”) se encamó sin pudor con vascos y catalanes pues necesitaba su apoyo parlamentario.

El Senado, por ejemplo, es una institución ya no innecesaria, sino cómica. Las iniciativas legislativas que se aprueban en las Cortes deben ser refrendadas en el Senado. Pero, ¿y si este, de mayoría conservadora, rechaza la iniciativa? No pasa nada. Vuelve a las Cortes y allí se reafirma. En el camino 264 senadores con despacho, secretaria, escolta y coche oficial engrosan los Presupuestos Generales del Estado.

El último dislate democrático ha venido con la prohibición de la ¿Fiesta? de los toros en Cataluña. Aprobada la moción por mayoría y ante la displicencia de una de las dos Españas de Machado, ya se ha puesto en marcha el engranaje necesario para ganar en Madrid lo que se pierde allende del Ebro.

Pero usted como votante no se sienta mal, porque cuando se encuentren solos con su balón golpeando una pared, le echarán de menos y volverán con la cabeza gacha y un sugerente “¿Hace un partidito?”.

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Luke, soy tu padre

julio 12, 2010

En España se produce un divorcio cada tres minutos. En un 52% de los casos hay hijos menores de edad implicados.

El Derecho de Familia, lógicamente, hace primar lo que éste considera “el interés del menor”. De esta manera cualquier decisión que se tome debe ir encaminada a elegir la alternativa en la que el menor sale más beneficiado o menos perjudicado.

En un divorcio las decisiones y los acuerdos que se alcanzan o imponen giran objetivamente alrededor de dos elementos: el económico y el custodio. Dejo al margen otros componentes más emocionales como puedan ser los reproches, resentimientos o rencores imperantes.

En nuestro país la Ley del Divorcio llegó con la democracia porque en el ínterin franquista a lo que Dios había unido no lo separaba ni el Tato. Y llegaba a una España trasnochada, machista, donde la mujer apenas se había incorporado al mercado laboral (por lo menos el declarado, porque el campo estaba atestado de mujeres jornaleras sin jornal alguno) y el rol del hombre en el hogar no trascendía del modelo hotel (cama y mesa puesta).

Que la sociedad ha cambiado es un hecho indiscutible. Los que somos padres con hijos pequeños compartimos y vemos compartir en hermanos y amigos las tareas de crianza y asumimos de forma natural la función paterna que condiciona la procreación.

Sin embargo, a menudo la sociedad va a una velocidad y la legislación a otra. Y esta última necesita varios lustros para, primero reconocer el cambio, y luego adaptarse a él.

El modelo legislativo de familia esta obsoleto, es injusto, ignominioso y no pasaría un recurso del PP en el Tribunal Constitucional.

La preferencia que se da a la madre en estos desagradables lances siega de raíz cualquier avance de la sociedad en el reparto de tareas. Resulta cuando menos llamativo que merced a esa legislación, los padres, con la sentencia de divorcio en la mano, pasen de asumir un rol en la crianza de los hijos a convertirse, como los define la legislación, en “visitadores”. Su relación con los hijos pasa a estar circunscrita a un régimen de visitas y unas obligaciones de manutención.

Esta discriminación, que empieza a desaparecer en países más avanzados socialmente que el nuestro (Francia, Italia, EE.UU., etc.), es más sangrante si cabe desde que tenemos la figura administrativa del Ministerio de Igualdad y su colección de floreros “art cañí”, cuya única labor reconocible y documentable ha sido criminalizar a los hombres por el simple hecho de serlo y pasar a ser todos colaboradores necesarios del medio centenar de mujeres que mueren cada año a manos de sus parejas.

Necesitamos una Ley de Divorcio acorde con los tiempos. Es necesaria una catarsis por parte de ciertos grupos feministas que comprendan que los padres de hoy poco tienen que ver con los suyos. Y, sobre todo, establecer las bases de una custodia realmente compartida entre ambos progenitores. Todo esto por el interés del menor.