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De “veintes” y de “enes”

noviembre 22, 2010

La costumbre anglosajona de nombrar las fechas más relevantes con un número y la inicial del mes en que ocurre llegó a España un 23-F.

Los Reyes Católicos nunca hablaron del 12-O para referirse al crecimiento exponencial de su poder por América, ni el pueblo recuerda con pundonor que el gol de Iniesta a Holanda fue un 11-J, por ejemplo.

Después llegaron el 20-N, el 11-M y poco más. Algunas elecciones generales cuya fecha cayó en desgracia al día siguiente del evento. El 11-S nos lo trajimos de EE.UU que llegaron a tener también su Día D y su Hora H, acrónimo de gran calado intelectual.

Con el paso del tiempo, el 20-N se ha convertido en España en eso, el 20-N. Como en los pequeños pueblos donde el mote o apodo fagocita a su referente, 20-N se ha merendado su significante y ha asumido una entidad propia. ¿Vas al 20-N este año? se preguntan animosos unos a otros por la calle Serrano y aledaños.

Se cumplen 35 años (ni más ni menos) de que el 20 de noviembre pasase a ser una referencia histórica de la España reciente y una fijación Freudiana de la España más antigua.

Ver hoy a unas decenas de señoronas con abrigos de visón y a sus consortes, pensionistas de cejas arqueadas y bigote 2×3 salir brazo en alto a conmemorar un deceso resulta cuando menos pintoresco. Se trata de esa expresividad plástica muy nuestra (como dicen ellos) que ora lancea un toro ora luce a hombros a cualquier virgen venida a más.

Pero lo más inquietante, por curioso, no por amenazante, es que nos queda 20-N para mucho tiempo. Sí, las señoronas y los de mostacho incipiente se irán definitivamente en algún momento, si no, antes, el reuma se habrá instalado en sus articulaciones y consecuentemente celebrarán insigne efemérides en el silencio del salón de casa.

Pero lo conmovedor es ver a jóvenes que nunca han pasado un solo minuto de su existencia bajo el gobierno del dictador vociferar pletóricos por el advenimiento del de Ferrol a la que ciscan en la democracia.

Hay tantas cosas dignas por las que salir a la calle a gritar cuando se es joven, que no son necesariamente de “rojos”, que resulta desalentador observar tamañas pérdidas de tiempo y esfuerzo.

P.D.: De los carlistas, que ya les vale, hablaremos en otro momento.

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Hostias colectivas

junio 21, 2010

A la montaña rusa habría que rebautizarla como montaña nacional. Al descenso de cañones como descenso nacional. A los chuzos de punta como chuzos nacionales. Y a una buena hostia como un buen nacional.

Cuando escribo esto la selección española de fútbol, garante de los mejores augurios, (¿qué digo augurios? éxitos) acaba de perder su primer partido de un Mundial que está condenada a ganar.

Desde hace semanas, los medios de comunicación y el vulgo han hecho causa común por empezar a disfrutar un logro sin precedentes: ser campeona del mundo de fútbol.

Recuerdo el día del partido: las calles engalanadas como en las fiestas patronales, las caras pintadas con la enseña nacional, titulares de periódico con tamaños de letra que se escapaban por los márgenes y banderas, muchas banderas.

Era fácil. Como el chico que se presenta a un examen cuyas preguntas están en su poder desde días atrás. No puede fallar.

Estábamos tan seguros del éxito de la selección que todos sabemos lo que van a embolsarse si ganan el Mundial: 600.000 € cada uno. Pero, ¿y si quedan segundos? ¿Y cuartos? ¿Octavos? No se sabe. Seguro que ni lo han negociado. Esto está ganado. Una bagatela a cambio de hacer feliz a un pueblo hoy desahuciado por el FMI, Standard and Poors e Intereconomía.

España es un país de despropósitos. En repetidas ocasiones a lo largo de la historia hemos estado en lo más alto y hemos caído al hoyo en menos de lo que tarda nuestro Rey en irse de vacaciones a descansar.

Pero estos desengaños son peligrosos. Al igual que existe una conciencia colectiva, existe un estado de ánimo grupal, popular. Las caídas de este calibre hacen mella en la sociedad y tienen, sin duda, su efecto en todos los planos posibles, desde el más claro que es el orgullo patrio herido con el consiguiente honor mancillado hasta el económico o incluso el de la urbanidad (que no urbanismo).

Detrás de tamaña decepción se extiende una sensación de frustración que, como sociedad, deprime nuestro estado de ánimo y nos ubica, de nuevo, en la categoría de mortales. Cuando creíamos ser Hércules nos hemos vuelto a ver Mortadelo.

No está bien vender pieles de osos antes de la batida. Esto último y lo de que el saber no ocupa lugar, se aprende el mismo día. Pero peor está que los medios de comunicación, con la capacidad de influencia que tienen nos azucen a los ciudadanos y nos hagan creer que vestimos galas regias cuando el resto del mundo sabe que vamos desnudos.

Los romanos contaban con un aforismo que deberíamos colgar con chinchetas en el cabecero de la cama y leerlo cada mañana: Res non verba (hechos, no palabras).

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Santa Semana Santa

marzo 29, 2010

 

Los individuos de la foto bien podrían ser un pelotón del Ku Klux Klan en cualquier aldea de Alabama en la primera mitad del Siglo XX prestos a colgar a un negro desgraciado.

 

Pero no. Ni están en Alabama ni en el Siglo XX. La imagen puede tomarse estos días en cualquier aldea de España que, por pequeña que sea, mantiene eso que tanto nos llena de orgullo: la tradición.

 

España es un país en el que las cosas más llamativas se hacen principalmente por dos razones: A) Porque es una tradición (si es de siglos, mejor. Incuestionable) y B) Por mis santos cojones.

 

Mientras el toro de Tordesillas o la cabra arrojada del campanario son más del tipo B), la Semana Santa, que es puro tipo A) es uno de los momentos más tragicómicos (junto al bombero-torero) que nos ofrece el acervo de ésta, nuestra piel de toro.

 

La TRAGEDIA viene en forma de sangre. Cristos semidesnudos lacerados con espinas y otros objetos punzantes. Individuos deudores del favor divino que se fustigan con furia su desnuda espalda. Señoras que por la mañana están en el ambulatorio luciendo sus mejores bragas y por la tarde caminan descalzas y con peineta escoltando a una imagen de madera. Saetas sempiternas que son aclamadas por el auditorio espontáneo ofreciendo sus minutillos de fama al anónimo trovador. Y capirotes, mucho capirotes que al ritmo que marca la banda municipal o la cabra de la Legión compiten en marcialidad y uniformidad con la benemérita, siempre tan fiel a las tradiciones. ¡Ah! Y el cura, que mira de reojo al público congregado y hace gala de su latente “efebofilia”.

 

La COMEDIA viene en forma de sangre. Cristos semidesnudos lacerados con espinas y otros objetos punzantes, Individuos deudores del favor divino que se fustigan con furia su desnuda espalda. Señoras que por la mañana están en el ambulatorio luciendo sus mejores bragas y por la tarde caminan descalzas y con peineta escoltando a una imagen de madera. Saetas sempiternas que son aclamadas por el auditorio espontáneo ofreciendo sus minutillos de fama al anónimo trovador. Y capirotes, mucho capirotes que al ritmo que marca la banda municipal o la cabra de la Legión compiten en marcialidad y uniformidad con la benemérita, siempre tan fiel a las tradiciones. ¡Ah! Y el cura, que con orgullo desfila junto a su jefe crucificado y asume un protagonismo sin precedentes el resto del año.

 

 

Además de la trágico-cómica hay otra Semana Santa. La de las vacaciones, el retiro, el descanso, la familia, la lectura, la playa o la montaña, el salón o la cama.

 

Yo soy de esta última. La otra me viene grande. Me supera.

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Esta España

diciembre 29, 2009

Queridos niños, hubo una vez un poeta llamado Antonio Machado que decía que había dos españas y una os helaría el corazón. Él lo pudo comprobar porque fue una de ellas la que le mató lejos de su tierra.

 “España, ¡qué país y qué paisanaje!” decía otro poeta que fue maestro de vuestro bisabuelo en la Universidad de Salamanca, Unamuno.

 Vosotros conocéis la bandera de España. Sabéis de sus colores rojo y amarillo y cuando hay un partido de fútbol importante os disfrazáis con ellos. Sin embargo, no siempre fue así.

 No hace mucho tiempo además tenía el color morado. Sí, eran tres colores, rojo, amarillo y morado. Pero alguien decidió eliminar el morado y volver al rojo de la sangre. Y así se mantuvo hasta hoy.

 La historia de España como país comienza en 1492 y desde entonces, algunos, los más peligrosos, los que provocaron esa guerra perversa, se empecinan en gritar alto y fuerte que España además de grande y libre es sólo una y negar hasta incluso las dos que decía aquel poeta.

 Pero hijos míos, eso no es cierto. Hay muchas españas. Desde hace más de 3.000 años podemos hablar de este país y durante ese tiempo, por aquí han pasado muchas civilizaciones que han ido dejando su impronta en diferentes lugares de España. Por eso en unas zonas se habla o se come de una manera y en otras la gente es completamente distinta.

 Con el tiempo aprenderéis que una cosa es el país, otra la nación, otra el estado, otra el gobierno y otra la patria. Y no siempre coinciden.

 Sentíos orgullosos de ser españoles si así lo queréis, pero respetad siempre a quien no tiene ese sentimiento. Y sobre todo, diferenciad que una cosa es ser español porque lo dice el DNI y otra porque lo dice tu corazón. Y no todos tenemos en el corazón el rojo, el amarillo y el rojo.

 Y si no podéis hacer nada para que España sea realmente una, sí podéis hacerlo para que sea grande y libre. La grandeza le llegará desde la dignidad y el respeto a su pueblo, no desde la guerra. La libertad la construiréis con vuestras manos.

P.D.: Otro gran poeta (como veis la poesía y la patria siempre han ido muy unidas a la hora de cantarla, no de defenderla) que se llamaba Neruda (tuvo que exiliarse de su patria como Machado) dijo: “Patria, que palabra más triste, como termómetro o ascensor”. Cuando seáis mayores entenderéis que las tres tienen el mismo valor.