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Puta conciencia

junio 28, 2010

Lara tiene 52 años, uno más que su marido, Rubén.

Acaban de celebrar sus bodas de plata: 25 años casados, no sin esfuerzo y con algún momento difícil que lo puso todo al borde del abismo.

Lara y Rubén tienen dos hijas: Claudia de 23 años y Rosana de 20 años.

Claudia ha terminado este año la carrera de Derecho y espera prepararse unas oposiciones a la vuelta del verano.

Rosana dejó de estudiar después de tropezarse tres años con Bachiller. Estuvo trabajando de dependienta en Zara pero no le han renovado el contrato. Ahora engrosa las listas del paro.

Las chicas se irán unos días de vacaciones con los amigos. Lara y Rubén no. Técnicamente no pueden.

Lara vive conectada a un ventilador mecánico. Sufre una distrofia muscular progresiva que la tiene impedida desde hace 8 años.

Durante este tiempo su vida ha sido una condena a la degeneración. Cada día peor que el anterior. Cada hora mejor que la siguiente.

El dolor insoportable tardó en aparecer, pero al final lo hizo. No le sorprendió porque ya le habían avisado que llegaría. Su marido aprendió a ponerle morfina para que su existencia agónica lo siguiera siendo pero sin dolor.

No existe tratamiento alguno para Lara. Sólo le queda esperar a que una infección acabe con su vida, de la que ella reniega.

Lara, cuando aún podía expresarse, le pidió a su marido que llegado un momento crítico la ayudara a morir con dignidad, tal y como ella había vivido. Para Rubén sería fácil: retirar el enchufe como hace con la afeitadora todas las mañanas. Pero al margen de diatribas morales, si hace eso, puede acabar con sus huesos en la cárcel.

Lara, a través de su Testamento Vital, ha pedido a la Justicia ser desconectada. No quiere vivir. Renuncia a respirar con ayuda de una máquina. No quiere condicionar la vida de su familia. No quiere sufrir ni hacer sufrir más. Lara sólo quiere morir con dignidad.

La Justicia le ha contestado que nacer o morir son sólo hechos que ocurren y que como tales ni son dignos ni indignos. Ocurren. Y que asistir en un suicidio es una derrota social, política y médica. Bueno, y que eso de ayudar a alguien a que deje de sufrir por voluntad propia no viene en la Constitución Española.

Lara no quiere vivir más encarcelada en un cuerpo que no funciona. Lara sólo quiere ser eternamente libre. Pero alguien la ha condenado.

P.D.: Esto no es real, aunque bien podría serlo. Es una recreación basada en los muchos casos que llenan las páginas de la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente. Más información y muestras de solidaridad en www.eutanasia.ws

NOTA: César Caballero de la Asociación me aclara lo siguiente: “Sólo una cuestión, en España es un derecho el rechazo de tratamientos por lo que Lara –como hizo en su día Inmaculada Echevarría- puede solicitar la retirada del respirador. Aunque parezca lo mismo no se considera un suicidio sino un derecho recogido en la Ley de Autonomía del paciente.”

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¿y usted que opina de…?

mayo 31, 2010

Que la estadística, como rama de las matemáticas, no es perfecta es harto sabido. Existen múltiples chascarrillos que ponen en evidencia su utilidad.

A mí me gusta particularmente uno. El de aquel hombre que tenía miedo a volar por si alguien llevaba una bomba a bordo. Leyó un día que la probabilidad de que hubiera una bomba en un avión era de una entre dos millones. Y que la probabilidad de que hubiera dos bombas era de una entre dos mil millones. Desde entonces, este hombre siempre viajaba llevando su propia bomba.

Resulta extraño el día que no nos encontramos con una estadística en la prensa. Las de intención de voto, el fracaso escolar, la incidencia de una enfermedad, hábitos de consumo, etc.

Juro que a mí jamás me han parado por la calle para hacerme una encuesta. Pero me consta (o prefiero pensarlo así) que realmente se hacen.

Sin embargo, las conclusiones de una encuesta suelen estar limitadas a los resultados, muchas veces sesgados por irregularidades metodológicas que no trascienden.

Desconocemos la muestra empleada, su representatividad, el método de muestreo, la elección de los encuestados, la habilidad del encuestador. Y así nos va. Sobre todo en época de elecciones donde no acierta ni una.

Asunto aparte es la torpeza con la que los periodistas suelen tratar todo lo relativo a los números.

Cómo se plantea la pregunta tiene un impacto definitivo en el resultado de la encuesta. Hay canales de televisión de derechas que preguntan a su audiencia de derechas si creen que el Presidente de izquierdas debe dimitir. ¿La conclusión? El 92% de los españoles cree que el presidente debe dimitir.

Hace unos años el NY Times hizo un experimento en su país. Se eligieron dos grupos de encuestadores que salieron a la calle a hacer preguntas parecidas pero no iguales.

El Grupo A preguntaba: “¿Cree usted que el Ejército debería aceptar a los gays?”

El Grupo B preguntaba: “¿Cree usted que el Ejército debería aceptar a los homosexuales?”

Los resultados fueron radicalmente dispares. Mientras el 79% estaba a favor de hacer hueco a los gays en el Ejército sólo el 59% lo haría con los homosexuales.

Pero atendiendo a la significación política del encuestado, los demócratas (más tolerantes y progresistas que los republicanos) daban el visto bueno a los gays en un 79% y sólo un 43% a los homosexuales.

La forma de preguntar lleva implícita un removimiento de valores, creencias o prejuicios latentes. Y ciertas palabras colocadas en lugares estratégicos de la frase los alteran.

Así es que entre que generalmente la metodología de la encuesta es todo un dislate y la habilidad numérica interpretativa del periodista exégeta es de niño de primaria, nos encontramos con que su utilidad es meramente un entretenimiento para llamar la atención.

Como enseñan en las facultades de periodismo: que la realidad no te estropee un buen titular.