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Hostias colectivas

junio 21, 2010

A la montaña rusa habría que rebautizarla como montaña nacional. Al descenso de cañones como descenso nacional. A los chuzos de punta como chuzos nacionales. Y a una buena hostia como un buen nacional.

Cuando escribo esto la selección española de fútbol, garante de los mejores augurios, (¿qué digo augurios? éxitos) acaba de perder su primer partido de un Mundial que está condenada a ganar.

Desde hace semanas, los medios de comunicación y el vulgo han hecho causa común por empezar a disfrutar un logro sin precedentes: ser campeona del mundo de fútbol.

Recuerdo el día del partido: las calles engalanadas como en las fiestas patronales, las caras pintadas con la enseña nacional, titulares de periódico con tamaños de letra que se escapaban por los márgenes y banderas, muchas banderas.

Era fácil. Como el chico que se presenta a un examen cuyas preguntas están en su poder desde días atrás. No puede fallar.

Estábamos tan seguros del éxito de la selección que todos sabemos lo que van a embolsarse si ganan el Mundial: 600.000 € cada uno. Pero, ¿y si quedan segundos? ¿Y cuartos? ¿Octavos? No se sabe. Seguro que ni lo han negociado. Esto está ganado. Una bagatela a cambio de hacer feliz a un pueblo hoy desahuciado por el FMI, Standard and Poors e Intereconomía.

España es un país de despropósitos. En repetidas ocasiones a lo largo de la historia hemos estado en lo más alto y hemos caído al hoyo en menos de lo que tarda nuestro Rey en irse de vacaciones a descansar.

Pero estos desengaños son peligrosos. Al igual que existe una conciencia colectiva, existe un estado de ánimo grupal, popular. Las caídas de este calibre hacen mella en la sociedad y tienen, sin duda, su efecto en todos los planos posibles, desde el más claro que es el orgullo patrio herido con el consiguiente honor mancillado hasta el económico o incluso el de la urbanidad (que no urbanismo).

Detrás de tamaña decepción se extiende una sensación de frustración que, como sociedad, deprime nuestro estado de ánimo y nos ubica, de nuevo, en la categoría de mortales. Cuando creíamos ser Hércules nos hemos vuelto a ver Mortadelo.

No está bien vender pieles de osos antes de la batida. Esto último y lo de que el saber no ocupa lugar, se aprende el mismo día. Pero peor está que los medios de comunicación, con la capacidad de influencia que tienen nos azucen a los ciudadanos y nos hagan creer que vestimos galas regias cuando el resto del mundo sabe que vamos desnudos.

Los romanos contaban con un aforismo que deberíamos colgar con chinchetas en el cabecero de la cama y leerlo cada mañana: Res non verba (hechos, no palabras).