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Dubai o a ver quien mea más lejos

febrero 1, 2010

Queridos Manuel y Nicolás:

 Hace unos días se ha inaugurado la que hasta el momento es la torre más alta del mundo. Está en Dubai, capital de una confederación peculiar, y mide 833 metros. Sí, casi 1 Km.

 Para que os hagáis una idea de lo alta que es, imaginad que cogemos las cuatro torres grandes que hay en Madrid y las ponemos una encima de otra. Luego les quitáis un poquito (pero muy poquito, ¡eh!) y ya tenéis la torre de Dubai.

 ¿Por qué quieren tener torres tan altas? Desde hace miles de años los hombres hemos tenido la necesidad de tocar el cielo. En la ficción se hizo en Babel (así la Iglesia justificaba el dislate lingüístico mundial sin menoscabar a Adán y Eva) pero las primeras “torres” que existieron se llamaban menhires, que eran como vuestra cola por las mañanas. A partir de ahí la historia de la arquitectura ha sido siempre vertical: palacios, minaretes, Torres de iglesias, almenas en castillos, catedrales, obeliscos, esculturas y los rascacielos que hoy conocemos.

 Hay una necesidad inherente al hombre de llevarlo todo al límite. El lema de los Juegos Olímpicos que paralizan el mundo cada cuatro años es “Altius, Fortius, Citius” que quiere decir más alto, más fuerte y más rápido y es aceptado por todos.

 Pero dejadme que retome la pregunta anterior…¿por qué queremos torres tan altas? Algunos os hablarán que esconden un anhelo fálico, sí, de tenerla más grande, como cuando bromeáis en el cole. Y es posible que haya algo de eso.

 Sin embargo, mi opinión es que somos unos narcisistas a los que nos gusta generar admiración. Nos encanta que nos miren embelesados y suspiren por ser como nosotros. Si Narciso se ahogó en un lago víctima de su propia admiración, las ciudades y los países corren el riesgo de ahogarse en un océano de inmundicia moral.

 La luz más brillante está condenada a provocar una sombra en algún momento. La torre más alta está construida sobre los pilares de la mezquindad del poder económico.

 Se ha tardado cinco años en construir esa torre y cerca de 12.000 personas han trabajado en ello. No os cuento lo que ha costado y lo que se podría hacer con ese dinero porque no acabaría nunca. Pero dejadme que os diga que el dinero que ha financiado su construcción proviene de una doble explotación: una los recursos naturales, en concreto el petroleo y, lo que es peor, la otra de las personas.

 Esos 12.000 obreros que han trabajado en su construcción no eran ciudadanos de Dubai, sino pobres inmigrantes que en busca de un futuro mejor dejaron atrás países como Filipinas o Bangladesh para acabar a 800 metros de altura, sin medidas de seguridad adecuadas y con salarios comparables a los de los que construyeron las pirámides de Egipto hace más de 4.000 años.

 Pronto sabremos lo que cuesta alojarse en su hotel, subir al mirador a ver los 95 Km desde donde es visible, en qué planta vive Beckham y en cuál Madonna. Pero nunca sabremos el coste humano que ha tenido ni el margen real coste-beneficio de este monstruoso proyecto.

 Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a Dubai (por otra parte aburridísima ciudad, sobre todo si eres mujer) a la vez que buscáis con la mirada el punto más alto de la torre, no dejéis de mirar hacia abajo y buscad todos los cadáveres sobre los que descansan sus pilares.

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