Posts Tagged ‘Servicio público’

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Niego, luego existo

diciembre 6, 2010

Una de las primeras enseñanzas de Homer Simpson a su hijo Bart fue hacer uso en caso de emergencia de la frase: “cuando yo llegué ya estaba así”.

Es un puro ejercicio de cinismo que en el caso de un menor aceptamos con resignación. Los niños aprenden rápido a mentir. Es la manera más sencilla que existe de evitar una reprimenda. “Yo no he sido”, “no lo sabía”, “se me olvidó” son las excusas más habituales.

En el caso de los niños es más normal puesto que forma parte de su propia evolución y en edades tempranas la conciencia de la responsabilidad no ha hecho aparición por lo que se mueven de acuerdo a premisas básicas de evitación del castigo y búsqueda del premio.

Sin embargo, a un adulto cabe exigirle ciertos valores de orden superior que se hacen aún más imprescindibles ante la coincidencia de ser cargo representativo.

Los casos de corrupción pública y mala praxis que copan los titulares informativos a diario se acompañan en una grotesca mayoría del arte de la negación.

El proceso es siempre el mismo, denuncia pública, investigación, aportación de pruebas (públicas, de nuevo), testificaciones, imputaciones y espera a juicio.

La directriz que sigue el crápula es fácil de aprender: Negar, negar, negar. En algunos casos se adereza de términos como “conspiración”, “persecución”, “electoralismo”, etc.

Ante la evidencia empírica del latrocinio se pasa a la estrategia número dos: Seguir negando.

Y si se llega a la condena judicial aparece la estrategia número tres, sobre todo para aquéllos que ponían la mano en el fuego por el reo: “acatamos la sentencia pero no la compartimos”.

Puestos a elegir no sé qué es peor los Homers o los Barts dirigiendo nuestros designios.

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Huelga decir…

julio 5, 2010

 

…que quitar a dos millones de personas su medio de transporte habitual es una putada.

El Derecho a la Huelga junto a la sindicalización del trabajo es uno de los mayores avances del siglo XX. Baste decir que fue en 1917 cuando el primer país, México, introdujo tal consideración en su constitución.

 Ningún trabajador desea hacer huelga, entre otras cosas porque son jornadas que dejan de ser remuneradas además del clima de confrontación que se crea.

 La huelga llega cuando todas las vías de discusión han fracasado y con ella el trabajador ofrece al patrón una muestra de lo imprescindible que es su colectivo para alcanzar los objetivos de la empresa, sean estos bienes o servicios.

La huelga la hace quien, además de no tener más salida, alcanza, merced a ella, una resonancia mediática y social significativa. De ahí, que sean los grandes colectivos asociados a servicios públicos los protagonistas de las huelgas con mayor pompa.

Las huelgas tienen dos escenarios, uno previo y paralelo que se da en los despachos y cuyo desarrollo no trasciende y un segundo que tiene lugar en la calle y es el más visible.

Del primer escenario, el de los despachos, solemos desconocer quién es el bueno y quién el malo, puesto que la información se distorsiona en cuanto se abre la puerta de la sala. Además, en conflictos laborales con la administración pública, ésta suele contar con sus medios de comunicación y voceros de estómago agradecido.

Del segundo escenario, el de la calle, tenemos claro que el malo es el que nos hace la puñeta privándonos de un servicio público.

La huelga, pues, tiene dos protagonistas: el patrón que lo ha intentado todo ante la intransigencia de su interlocutor y el huelguista cabrón que no quiere escuchar y que sólo quiere joderle la vida a los ciudadanos.

Lo que a veces desconocemos es que el patrón ha roto de manera unilateral un convenio (acuerdo vinculante donde los haya) y aplicado a su discreción unas medidas de ajuste que no tenían lugar en este caso.

Que además, los tan cacareados “servicios mínimos” los decide el patrón de acuerdo con la Ley de Huelga en vigor en España desde poco después de morir Franco.

Generalmente, esos servicios mínimos son abusivos y así lo suelen refrendar los tribunales de justicia. Eso sí, dos años después de que el conflicto termine.

No obstante, de cualquier huelga que ocupe la primera página de un periódico, lo que más llama la atención es como el ciudadano en general y el usuario del servicio en particular toman el testigo del patrón y convierten al huelguista en el pimpampum de su ira. Y llama la atención por la poca solidaridad que muestra el ciudadano con otro trabajador, al que ahora le ha tocado sufrir la ignominia del convenio roto cuando mañana le puede pasar a él.

Antes que ciudadanos somos trabajadores y tenemos la obligación moral de dedicar al menos 5 minutos a entender las razones de la huelga. Y si somos capaces de hacerlo puede que aceptemos mejor sufrir un atasco, esperar media hora por una autobús o pedirle a un compañero que nos lleve al trabajo.

P.D.: Como curiosidad cuento aquí que la primera huelga de la que se tiene constancia ocurrió en el año 1152 a.c. y se la hicieron a Ramses III los trabajadores de su Necrópolis Real.

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Reinventar a Mozart…o morir

mayo 10, 2010

Creo que hace unos ocho años que no compro un CD de música.

Sin temor a equivocarme, confirmo que fui de los primeros en tener un reproductor MP3. Recuerdo ir en avión e intentar explicar a las azafatas que eso no era un CD, que era un módulo de memoria (en realidad disco duro). No terminaban de entenderlo y me prohibían usarlo.

Desde entonces sólo he usado música digital en su formato no físico. Cómo ha llegado hasta mí me lo reservo por razones legales que me pueden comprometer. Pero lo cierto es que hoy por hoy comprar un CD de música me genera la misma necesidad que una compresa con alas.

Ayer vi en la tele que un grupo español acaba de lanzar su nuevo disco. Me preguntaba quién podía comprarlo, sobre todo tratándose de un grupo dirigido a gente joven nacida y criada en la era digital. Pero ahí estaba el flamante y aún caliente ejemplar, con su carátula de diseño y embalaje de plástico transparente.

Me pareció escuchar que ahora en España con 8.000 ejemplares vendidos ya se es Disco de oro. Hubo una época que tenía que pasar de los 50.000.

Lo siento mucho por los autores y reconozco su trabajo y su afán de compartir (o vender) su talento. Lo siento menos por las discográficas que desde su posición de poder han cautivado o hecho cautivos con contratos leoninos a jóvenes deseosos de llegar a la fama.

En lo que va de año he asistidos a 3 ó 4 conciertos. En todos los casos había lleno absoluto. En uno de ellos varios miles de personas que pagaron la nada despreciable cifra de 45 euros por cabeza y no había entradas desde días antes.

El Ministerio de Cultura intenta combatir los avances tecnológicos y sociales a golpe de Decreto-Ley. Legislar por medio de la obligatoriedad o la prohibición es de mediocres. Típico de regímenes totalitarios o paratotalitarios en donde a través del miedo se crea una dictadura que conculca los derechos civiles más elementales.

El cine parece haberse reinventado con el 3D. La música debería hacer lo mismo a través de la música en directo y las descargas de pago con algún valor añadido. Por ejemplo.

Si el mercado discográfico (que no la música) quiere sobrevivir tendrán que reinventarse.

Pensad, pensad, malditos.

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Si es gratis es mío

abril 5, 2010

Recuerdo aún espeluznado una noticia de un accidente que leí hace un tiempo. Ocurrió en Ruanda, en el corazón de África. Un tren de esos que van desbordados de gente (hablar de pasajero aquí sería mentir) había descarrilado dejando decenas de muertos y varios centenares de heridos. Lo que acrecentó la tragedia es que, ante la carencia de asistencia sanitaria, ninguna ambulancia se desplazó al lugar del siniestro, por lo que los heridos que quisieron ser atendidos tuvieron que recorrer unos 40 Km hasta el hospital más cercano.

 La siguiente anécdota que quiero compartir la vi en un documental de Michael Moore (Sicko). Un ciudadano estadounidense (en el corazón del mundo) perdió dos dedos por un accidente laboral. Su seguro privado sólo le cubría la recuperación de uno. Si quería reponer los dos debía pagar un dinero extra que no tenía. Al final tuvo que elegir entre uno de los dos dedos, perdiendo definitivamente el otro.

 El paternalismo imperante en nuestro país por parte de la clase gobernante ha creado una variada gama de servicios públicos cuyo uso y disfrute no tiene más coste que el de los impuestos directos. Esto es lo que se conoce como Estado del Bienestar y a fe que debe ser motivo de orgullo ciudadano.

 El problema viene cuando malinterpretamos la palabra “gratis” dándole el sentido de “mío”. Si es gratis lo puedo coger, usar y disfrutar como quiera. Servicios públicos como la Sanidad o la Justicia son objeto continuo de sobreexplotación por parte nuestra. Como si de caladeros descontrolados donde los grandes pesqueros pacen a la vez que esquilman, los servicios públicos son, en gran medida, producto del exceso y del abuso.

 Resulta habitual que ante la menor incomodidad (ya no accidente, enfermedad, trastorno) se acuda a “Urgencias” para así tranquilizar una hipocondría latente. No existe conciencia del coste que supone en personal, material y retraso en la atención a quien bien puede necesitarlo. Al fin y al cabo como lo pago con mis impuestos tengo todo el derecho a usarlo, y el que venga detrás que arree.

 Pero el caso de la Justicia es aún más llamativo. Ésta, como tener un coche, varias televisiones en casa, viajar en avión o veranear se ha popularizado hasta tal punto que todos hemos pasado a tener “mi abogado” y en el mejor de los casos “mis abogados”.

 Resulta obsceno escuchar en algunos programas la facilidad con la que se ha incorporado al lenguaje común términos como denuncia o querella de los que se hace uso ante un roce percibido como amenazante. Poner una denuncia es sencillo, algunas pueden tramitarse desde casa, a través de Internet. Luego, basta con que el engranaje de la Justicia gratuita gire para acabar pidiendo un día libre, acudir al Juzgado oportuno y curar las heridas del honor mancillado. En el camino, policía, oficiales, secretarios, jueces y demás peones del servicio público han tenido que dar cumplida cuenta del incidente. Todo ello, de nuevo, con un elevado coste económico para el Estado y de eficacia para quien realmente lo necesita.

 Efectivamente, abogo por unos servicios públicos gratuitos de calidad. Pero no universales con coste cero. Existen dos variables que deberían ser tenidas en cuenta como son la gravedad que motiva su uso y la solvencia económica del usuario. De esta manera el abuso injustificado debe tener su contrapartida en forma de factura.

 Sería interesante que desde pequeños se mentalizara a través de asignaturas como la Educación para la Ciudadanía que gratis no significa sin coste. Que todo tiene un valor y que nada surge por generación espontánea. Que, como el chaleco salvavidas de los aviones o la Parada de Emergencia del tren, ciertos recursos están ahí para ser usados cuando es estrictamente necesario.

 Mientras tanto pasemos de largo y congratulémonos de no tener que usarlos.