Posts Tagged ‘vejez’

h1

La metáfora de Gerónimo y Amancio

septiembre 27, 2010

Gerónimo y Amancio fueron enterrados tres veces:

La primera, cuando su conciencia harta de acompañarlos durante tantos trances en la vida decidió huir dejándolos al albur de una cruel demencia senil, que no es otra cosa que la venganza de Yahvé por desafiarle al intentar vivir más de lo necesario.

La segunda, cuando la desgracia y el azar quisieron que, como una metáfora de la vida en la vejez, fueran olvidados en el interior de una furgoneta durante 10 horas.

La tercera, en sus respectivos pueblos que les vieron nacer.

Estoy convencido de que, al igual que sus familiares, no le guardan rencor al distraído conductor. Puede que incluso le agradezcan su generoso olvido.

Gerónimo y Amancio ya descansan.

P.D.: “Respeto a los muertos, incluso cuando aún están vivos”.  Emmanuil Roídis.

h1

Las madres, siempre las madres

agosto 23, 2010

 

 

 

La Guerra in-Civil trae a la palestra historias terribles de dolor y amargura. Leo con pasión la biografía del poeta dado en llamarse Marcos Ana en honor a sus padres y que estuvo preso 23 años en las cárceles franquistas.

 

Descubro una sobrecogedora historia que tiene a una madre como protagonista.

 

Por favor, no veáis aquí una apología de los vencidos o de la República. Esto no es más que un homenaje a una madre independientemente del color que vista.

 

Os la dejo tal y como la cuenta R. Pérez Barredo Burgos en http://mjsaiza.blogspot.com/.

 

“Ana Faucha no tenía a nadie más en su vida que a ese vástago, del que no sabemos ni el nombre.
Así que, angustiada, temiendo no volver a verle puesto que la muerte rondaba de cuneta en cuneta, de alcor en alcor, de penal en penal, emprendió viaje. Era pobre, por lo que no pudo pagar ni un pasaje de tercera. Durante semanas, quizás meses, esta madre totémica y arrojada recorrió el camino a pie, mendigando de pueblo en pueblo, alimentándose con lo justo, tal vez un mendrugo duro de pan, y guardando en un hatillo lo de mayor calidad -comida enlatada, sartas de algún embutido- para entregárselo al hijo cuando se encontrara con él.


He evocado a Ana vestida de negro, nervuda como un sarmiento, oculto su cabello gris con un pañuelo, calzada con raídas alpargatas, veinte, quizás treinta kilómetros, por caminos polvorientos, por parajes agrestes e inhóspitos. A veces, para no perderse, cubría las distancias diarias junto a los paralelos raíles del ferrocarril. ¿Ven a esa mujer andar con la cabeza gacha junto a las vías del tren, lentamente pero con inquebrantable determinación? ¿La ven atravesar campos de trigo? ¿La ven pedir en los pueblos sin fuerzas siquiera para hablar, sin aliento apenas? ¿La ven dormir recogida en un gurruño, a la intemperie, como un mendigo harapiento que esperara el alba o la muerte? ¿La sienten tiritar de frío allí acurrucada? ¿Imaginan sus pies negros, zaheridos? Ana llegó a Valdenoceda. Exhausta.


La veo allí, quieta en el alto de la Mazorra, con nieve hasta las rodillas, contemplando el pueblo abajo -el orgulloso torreón de los Condestables de Castilla, las adustas casitas castellanas, los álamos del río, el siniestro perfil del edificio en el que estaba encerrado su hijo-. Se pueden oír desde aquí los latidos de su alborozado corazón. ¿Se lo imaginan, después de la odisea
de esa madre coraje que, tras padecer un infierno, cree tocar el cielo? Su hijo está allí. ¿Se le haría casi tan largo el descenso del puerto como todo el viaje? ¿Le asaltarían negros pensamientos sobre la posibilidad de haber llegado demasiado tarde, de que le hubiese sido vedada la última visión, el postrero abrazo?


Ana cruzó temblorosa el umbral de la cárcel. Tras la ventanilla del vestíbulo un funcionario fumaba. La mujer se acercó y preguntó por su hijo. El hombre consultó un fichero y le espetó que el preso que buscaba estaba aislado en una celda de castigo. ¡Cuesta tan poco sentir cómo se arrugó el corazón de la madre! Quiso saber si podía, al menos, hablar con él, aunque fuese a través de un muro; si al menos le harían llegar el paquete que traía para él. E incluso contó, ingenua, su periplo. Pero los guardianes de la cárcel se negaron nuevamente.

 

Durante al menos una semana, cada día, Ana se acercaba al penal y aguardaba allí hasta que caía la noche y cerraban las puertas. Todos los días esperó en vano. Llegó a gritar, como enloquecida, y a golpear los altos muros que la separaban de su hijo. Una mañana, junto a un camino cercano a los muros del penal, casi cubierto por la nieve, un vecino de Valdenoceda encontró su cuerpo yerto, quebrado por el dolor y el agotamiento. Estaba abrazada al paquete que siempre llevaba consigo y que esperaba haber hecho llegar a su hijo. 

 

 Ana se había muerto como un pajarillo sin verle por última vez. Sucedió en algún momento entre
1936 y 1943.”

h1

Cuando el nido se vacía

mayo 24, 2010

 

Cuenta una leyenda que una vez un hombre caminaba por el desierto y se encontró un trozo de un espejo roto. Ese hombre jamás en su vida había tenido la oportunidad de mirarse en uno y conocer su rostro. Recogió del suelo el trozo de espejo, lo puso ante sus ojos y lo arrojó a lo lejos mientras gritaba: “¡Qué feo! No me extraña que te haya tirado tu dueño”.

El gran Ramón Lobo escribía el otro día que la última relación de pareja se sustenta sobre la compañía. Ver pasar el tiempo que resta al lado de alguien a quien poder contárselo.

Paradójicamente, el momento cumbre de la compañía mutua, que suele llegar en la década de los 50 años, muchas veces se transforma en la mayor crisis matrimonial, que no es sino una crisis existencial.

Cuando el último vástago abandona la madriguera las habitaciones se convierten en estancias palaciegas, grandes y frías. Las cenas son televisión y el sonido acompasado del deglutir. Las noches son de las frustraciones encontradas. Las mañanas no existen, porque ellos dos son huéspedes en su propia casa. Y en el ambiente amargo de la decepción aletea un colibrí cuyas alas les recuerdan que “esto es lo que hay”.

Cuando el nido se vacía se convierte en ratonera. Y entonces descubren que durante todos estos años han vivido por y para sus hijos y que la persona que se acostaba a su lado todas las noches era un extraño.

Y hoy, solos los dos, cara a cara, sin más trinos que la televisión y el deglutir de la cena investigan dónde se equivocaron, cuántos trenes han dejado pasar e intentan empezar a aceptar que esto es lo que hay.

h1

Periodismo escatológico

abril 26, 2010

Hay personajillos que campan por sus columnas como el sapo de dermis mucosa lo hace en su charca, con la seguridad de que es su territorio.

Hay columnistas que se mueven en su rescoldo diario como el rodríguez en verano, que sabiéndose dueño de su casa camina por el pasillo rascándose sin pudor por delante y por detrás. 

Hay columnistas a sueldo que excretan  en su letrina pública y a la vez se exoneran ellos mismos del hedor que dejan echando la culpa al otro.

Hay columnistas, que emulando al pinche de El Bulli, deconstruyen las heces y las convierten en frases: distinta forma pero la misma materia.

Hay columnistas que amanecen depositando el meconio en el plumín y anochecen deponiendo en una cuartilla lo que dan de sí.

Hay columnistas que padecen de encopresis mental y van dejando su rastro fétido tan personal.

Hay columnistas que tienen la suerte de que ni su padre ni su madre forman parte de ese millón de enfermos de Alzheimer que hay en España. Y aunque lo fueran, encontrarían alguna boliviana o ecuatoriana que les cambira el pañal y les dejara bien lustrosos para recibir a las visitas.

Hay columnistas, que conjugan el tipo de querubín de sacristía con el de onanista compulsivo y hacen de la enfermedad del otro motivo de chanza y burla.

 Y hay periódicos, venidos a menos o incluso a nada, que en su día, con el estómago bien agradecido a la dictadura, fueron el ABC del periodismo y hoy dan cobijo a abyectos y mezquinos juntaletras.

 Hay pendejos vomitivos como el de la foto que son capaces de escribir cosas como esta:

 La asistencia de un Pasqual Maragall enfermo de Alzheimer al aquelarre de la Complutense es una alegoría que Quevedo no hubiese dejado escapar, para explicar satíricamente en qué consiste la «memoria histórica». Si Funes el memorioso, el personaje de Borges, hubiese asistido al aquelarre de la Complutense habría salido de allí con la impresión de que su implacable memoria era «como un vaciadero de basuras»; algo de lo que no tendrá que preocuparse Maragall, quien tal vez a la conclusión del aquelarre ya no recordase las palabras de Villarejo, ni siquiera si el tal Villarejo era jurista o vendedor de crecepelos

h1

La vida desde el borde

marzo 1, 2010

 

 

La soledad y la tristeza siempre caminan juntas, de la mano.

 

La soledad y la tristeza con frecuencia invitan a la vejez a un paseo desconsolado de espacios diáfanos limitados por muros gélidos y árboles desnudos de vida.

 

La vejez se sienta en el borde de un banco de piedra para no molestar.

 

Se encoje sobre sí misma como intentando retener lo poco que queda y que no se escape con un mal golpe de viento.

 

La vejez es la factura que nos pasa la vida cuando hemos dado buena cuenta del menú. Es el “qué se debe”.

 

Son sombras alargadas en pisos escarpados. Son huellas ignoradas que con la caída del sol desaparecerán. Son pasos que se arrastran. Surcos abisales que horadan la piel por las afrentas ganadas, por las guerras perdidas y, como decía Pessoa, por las batallas que se han evitado.

 

La vejez es fría aunque brille el sol como nunca lo ha hecho.

 

Es desconcierto, extrañeza, desconfianza. No saber dónde estás pero sí adónde vas aunque desconoces cómo.

 

La vejez es esperar, esperar, esperar. No hay reloj. Sólo se expira vida. Hasta el último hálito. El vaho es la existencia.

 

La vejez es una demostración de poder de la vida. No sea que se nos olvide quién manda aquí.

 

Maldita soledad. Maldita tristeza. Maldita vejez. ¡Cuánta crueldad cuando ya está todo dado!

 

 

P.D.: La foto es de una gran artista: Sira Blázquez, cuya excelsa obra se puede visitar en http://www.fotosarte.net/fotografo/artesiver.html